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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 258

Nanette volteó a ver a Venancio, sin saber si reír o llorar.

Este hombre era capaz de decir cualquier tontería con tal de seguirle la corriente.

Venancio atrajo a Nanette un poco más hacia él.

—Galileo, el que te diga que estás ciego tiene toda la boca llena de razón.

—¿Por qué aseguras que Nanette no vale nada? ¿De verdad la ves como una simple muñeca de adorno?

La sonrisa de Venancio estaba cargada de sarcasmo.

—Ay, Galileo... Algún día vas a entender la joya que dejaste ir por no saber verla. Y cuando eso pase, vas a venir arrastrándote a pedirle perdón.

Por supuesto, Galileo no creyó ni una sola palabra.

—Claro, el amor es ciego y ven perfección donde no la hay.

Venancio chasqueó la lengua.

—Ya lo veremos entonces.

A Galileo le hervía la sangre al ver la mano de Venancio sobre el hombro de Nanette.

—¡Tengo que recordarte que la mujer que estás abrazando sigue siendo mi esposa!

Venancio se pegó aún más a Nanette en tono de provocación.

—Los papeles del divorcio ya están firmados, así que no vengas con exigencias. Además, ¿cuándo trataste a nuestra Nanette como a una esposa de verdad?

—Si de verdad lo hubieras hecho, ¿crees que ella habría preferido irse sin un solo centavo antes que seguir a tu lado?

La mirada que Galileo le lanzó a Nanette estaba llena de reproche.

—¿Irse sin un centavo? ¡Si todavía sigue tras las acciones del Grupo Larco! ¡Me amenazó para obligarme a cederle las acciones de la empresa!

Venancio se quedó un poco sorprendido, inclinó la cabeza y le susurró a Nanette:

—¿Qué pasó aquí? ¿Me estabas ocultando algo?

—Eloísa le transfirió sus acciones —explicó Nanette con un suspiro—. Tenía que hacerlo para proteger el esfuerzo de toda la vida de mi padre. No me quedó de otra.

Venancio chasqueó los dedos.

—¡Ah, tiene todo el sentido del mundo! Para lidiar con escoria, hay que jugar sucio. Así que no puedes culparla. El único culpable aquí eres tú, por portarte como un miserable.

Galileo estaba a punto de reventar del puro coraje.

—¡Muy bien! Quieres las acciones, ¿verdad? ¡Pues a ver, enséñame el dinero!

Eso sí que fue una puñalada directa al problema de Nanette.

Eloísa: —¡Está bien, está bien! Mañana mismo lo arreglo. Te voy a transferir hasta el último centavo. Pero, Nanette, hazme el favor de cumplir tu palabra. En cuanto te pague, tú y yo ya no somos nada, cada quien por su lado.

Nanette: —Mi palabra es ley.

Y con eso, colgó la llamada.

Nanette ladeó la cabeza y miró a Galileo.

—¿Ya me crees?

Galileo se quedó pasmado un buen rato.

—¿De dónde demonios sacaste todo ese dinero?

Nanette: —Tengo mis mañas para conseguir lo que quiero.

Galileo frunció el ceño con disgusto.

—Muy bien, digamos que tienes esos seis mil millones, ¿y el resto? ¿Vas a ir a asaltar un banco para conseguirlos?

—Ese es mi problema, no te preocupes por eso.

Galileo se quedó pensando un instante y poco a poco su enojo se disipó. Levantó la comisura de los labios en una sonrisa a medias.

—Como alguna vez fuimos marido y mujer, no quiero que digas que soy un desalmado. Te doy tres días. Si en tres días juntas todo el dinero, te paso las acciones.

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