—Sí, tengo hambre.
Melba le sirvió un tazón de crema.
—Tómese esto primero para que le caiga bien y no esté con el estómago vacío. No se preocupe, ya obligué a la muchacha a tomarse un plato, si no, el bebé iba a sufrir.
»Al principio no quería, a fuerza quería esperarlo, pero la convencí.
Noel echó un vistazo hacia la recámara.
—¿Candela ya comió?
Nanette probó un bocado del pescado empapelado que hizo Melba.
—Sí, mi mamá ya cenó y ya está dormida.
—¿Cómo ha estado estos días? —preguntó Noel.
—Bien, bastante bien. Melba se pone a platicar con ella todos los días y se le ve con mejor ánimo, aunque... todavía habla sola de repente y parece no entender lo que le decimos.
Noel la consoló con voz suave.
—No te desesperes, poco a poco. Se va a recuperar. Estar en un ambiente tranquilo le ayudará mucho a mejorar.
El pescado estaba delicioso.
Nanette le sirvió un buen pedazo a Noel.
Noel lo probó.
—Melba, de verdad tiene muy buena sazón.
Apenas terminó de hablar, su mirada se posó en un plato con postres.
Al darse cuenta, Melba sonrió y acercó el plato hacia Noel.
—Señor Cortés, estos los hizo la muchacha con sus propias manos. Pruébelos.
Noel tomó uno y le dio una mordida.
Después de masticar despacio, su expresión se relajó y miró a Nanette con una suavidad evidente.
—Nunca imaginé que alguien que se la pasa metida entre códigos de computadora pudiera preparar un postre tan rico.
Nanette bromeó:
—Pues si algún día me quedo sin chamba, ya tengo en qué emprender.
—No te vas a quedar sin trabajo —afirmó Noel.
—No se sabe, el mercado da muchas vueltas. Qué tal si llega alguien mejor y me quita el puesto.
Noel la miró con total seriedad.
—Yo no voy a dejar que te quedes sin trabajo.
Nanette se quedó congelada y contuvo la respiración por un par de segundos.
Melba carraspeó para romper la tensión.
—Por cierto, señor Cortés, ya que la muchacha va a trabajar en su empresa, ¿podría hacer el favor de echarle un ojo? Cuando se clava en el trabajo se le va el avión, se olvida de tomar agua y hasta de comer.
Noel no dejó que el ambiente se pusiera incómodo y sonrió con elegancia.
—Ya veo que Melba me invitó a cenar con segundas intenciones.
Melba se rio.
—Como dicen por ahí: "con la barriga llena, el corazón contento". Tenía que tenerlo contento para poder pedirle el favor.
—Al contrario —aclaró Noel—, tu postre fue el broche de oro perfecto para la comida de Melba.
Melba no paraba de reír.
—Ay, muchacha, y tú que decías que Noel era todo serio y aburrido como maestro de escuela. ¡Míralo, si tiene labia!
La cena tardía terminó entre risas y pláticas agradables.
Como ya era bastante tarde.
Noel se quedó un ratito más y luego se despidió.
Nanette lo acompañó hasta la entrada, pero Noel le insistió en que no saliera de la puerta y le advirtió:
—Acuérdate de usar calcetines en la casa.
—Sí —asintió ella.
Noel dio media vuelta, pero se quedó clavado en su lugar.
Unos segundos después, volvió a mirarla.
—Gracias.
Nanette pensó que le agradecía por la cena.
—No hay de qué. Ya lo dijo Melba, cuando gustes cenar, aquí tienes tu casa.
—No... me refería a que gracias por hacerme sentir, otra vez, lo que es tener a alguien esperándote para cenar.
Una sombra de tristeza cruzó por los ojos de Noel.
—Desde que falleció mi madre, casi había olvidado lo que se siente llegar a casa y que alguien te espere...

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