—Nanette, mírame.
Noel le levantó la barbilla con delicadeza.
—El fallecimiento de tus padres no fue culpa tuya, no te eches esa carga encima.
—Si te aferras a esa idea, solo vas a lastimar su memoria. Lo que ellos más querrían es verte vivir tranquila, feliz y a salvo, ¿no crees?
—Nanette, reacciona, no te encierres en una prisión que tú misma inventaste.
Nanette se quedó viendo esos ojos profundos que parecían no tener fin. No supo si fueron sus palabras, o la forma tan dulce en la que pronunció su nombre...
De manera instintiva, Nanette asintió.
—Está bien.
Noel sintió un gran alivio.
—Acuéstate. Duerme otro rato, yo aquí me quedo contigo.
Nanette flexionó las piernas y escondió el rostro entre las rodillas.
—Quiero estar sola un rato.
—De acuerdo, me voy al cuarto de al lado. Si necesitas algo, me avisas.
Noel se puso de pie para salir.
Justo cuando estaba por llegar a la puerta, Nanette levantó la cabeza y habló casi de golpe:
—¡Noel!
Él se detuvo en seco.
—Dime.
Nanette apretó los labios, dudando si hablar o no.
—Yo... olvídalo, no es nada...
Quería decirle que ya no quería estar sola.
Esa casa tan grande y vacía le daba miedo.
Pero al final se arrepintió.
A fin de cuentas, tendría que aprender a estar sola tarde o temprano.
Noel dio media vuelta y volvió a sentarse en la orilla de la cama.
—¿Quieres que yo...?
Se cortó a mitad de la frase.
Tal vez, era mejor decirlo de otra manera.
—¿Puedo... abrazarte?
Nanette se sorprendió y levantó la mirada poco a poco.
Sabía que no debía, pero no pudo evitarlo.
En el instante en que asintió con la cabeza, un cálido abrazo la envolvió.
—La verdad es que la única que tiene la culpa soy yo. Si yo no hubiera decidido mudarnos, nada de esto habría...
—Melba... ya no estés triste y no te culpes. Mucho menos pienses en irte. Sin ti, me quedaría muy sola...
A Melba se le soltó el llanto en ese mismo instante.
—Hoy muy temprano... el señor Cortés vino a verme. Platicamos un buen rato y eso me ayudó a entender las cosas.
A Melba le costaba trabajo referirse a Noel por su nombre.
Antes se había quedado con la señorita para devolverle el favor.
Ahora, se quedaba para pagar sus pecados.
Nanette se quedó pasmada.
—¿Habló contigo?
—Sí, como a las cuatro de la mañana. Yo no podía dormir, así que me levanté a prepararle un caldito. Él vio que usted ya estaba dormida, así que salió sin hacer ruido y se quedó platicando conmigo un buen rato.
—Señorita, el señor Cortés es un hombre de oro. Nunca en mi vida había visto a alguien tan importante sentarse a darle consejos a la señora de la limpieza con tanta paciencia.
—Aunque sé muy bien que lo hizo por usted. No quería verla sufrir y temía que yo terminara causándole más preocupaciones.
Así era.
Era un hombre tan increíble que solo se le podía admirar desde lejos.
Pero ella solo podía conformarse con eso, no podía hacerse ilusiones.
Por muy maravilloso que fuera, nunca sería suyo.

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