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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 310

Nanette sacó otro conjunto del armario, se lo midió por encima y le preguntó a Melba:

—Melba, ¿qué te parece este?

Melba no pudo evitar reírse.

—Señorita, este es el quinto conjunto que se prueba, y la verdad es que todos se le ven hermosos.

Nanette se sintió un poco frustrada.

—Hace tanto tiempo que no voy de visita a la casa de unos amigos, ya ni siquiera sé qué tipo de ropa usar, ni de qué hablar.

A Melba le dolió el corazón al escucharla.

Durante esos tres años, los Godoy la habían tratado como si fuera una empleada más.

Esto no se hace, aquello tampoco, tenían una lista interminable de reglas absurdas para ella.

La consoló:

—Señorita, no se preocupe. Compórtese como si fuera familia, no tiene por qué estar nerviosa. Además, el señor Cortés estará ahí con usted. Si él está, no pasará nada malo.

Después de mucho pensarlo, Nanette decidió ponerse el primer conjunto.

Los otros eran demasiado elegantes, parecían más para un banquete formal.

Se puso unos pantalones anchos de color blanco, combinados con un suéter azul cielo.

Un estilo sencillo, pero sofisticado.

Llevaba su cabello oscuro recogido en un moño bajo y desaliñado, con un par de mechones cayendo a los lados de su rostro con total naturalidad.

Esa despreocupación absoluta le daba un encanto cautivador.

Hasta Melba se quedó boquiabierta.

—Señorita, está bellísima.

Nanette bromeó:

—Los años no pasan en vano.

—Pero si apenas tiene veintiocho años, todavía es muy joven —le dijo Melba.

Luego, como si hubiera recordado algo, soltó un suspiro.

—Verla así me recuerda a cuando llegó por primera vez a la familia Godoy. Pero en solo tres años, parecía que había cambiado por completo.

Tenía razón.

La misma Nanette lo sabía.

Esos tres años la habían transformado; de ser una joven alegre y vivaz, pasó a convertirse en una mujer resentida y emocionalmente inestable.

—Señorita, no me malinterprete, pero si alguna vez vuelve a conocer a alguien que le guste, tiene que observarlo con mucho cuidado, por favor no vaya a ser impulsiva de nuevo.

—¿Cuál?

—No puedo vivir escondiéndome bajo la protección de nadie, tengo que aprender a defenderme sola. De ahora en adelante, ya sea en el trabajo o en mis relaciones personales, tengo que esforzarme por cultivarlas. Solo así podré hacerme más fuerte, solo así podré...

Nanette no terminó la frase.

Temía que sus palabras hicieran sentir mal a Melba.

Y, efectivamente, Melba ya había intuido lo que iba a decir y su expresión se entristeció.

—Realmente siento mucha culpa por lo que le pasó a su madre. Estos últimos días no he dejado de tener pesadillas. Sueño que la señora viene a cobrar venganza.

—Melba —Nanette la abrazó—, no tengas miedo. Mi madre era una mujer maravillosa, ella no vendría a llevarte con ella. Solo te daría las gracias por haberme cuidado como si fuera tu propia hija.

Los ojos de Melba se llenaron de lágrimas.

—¿Qué habré hecho yo para merecer a una hija como usted, señorita?

—Melba —dijo Nanette con tono serio—, créeme, haré justicia por mi madre y me aseguraré de que los verdaderos culpables paguen por lo que hicieron.

Melba asintió.

—Sí, confío en usted, señorita. Pero tiene que prometerme algo: sin importar lo que pase, no se enfrente a todo esto sola. Si siente que no sirve de nada contármelo a mí, dígaselo al señor Cortés.

»Estoy segura de que el señor Cortés hará hasta lo imposible por ayudarla.

Nanette apretó los labios y guardó silencio.

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