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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 318

Nanette no tenía intención de seguir perdiendo el tiempo con él.

—¿No vas a hablar? Bien, entonces me voy.

—¡Doña Anatolia dice que dentro de poco haremos oficial nuestro divorcio! —soltó Galileo de golpe.

Nanette se sorprendió un poco.

Habían acordado mantenerlo en secreto durante seis meses.

¿Por qué querían hacerlo público tan pronto?

Probablemente, Luis Camoso tenía mucho que ver en esto.

Debía estar presionando para casar a Yolanda con Galileo lo antes posible.

Nanette aún no podía descifrar si la terquedad de Luis Camoso por asegurar este matrimonio era genuino amor de padre o si ocultaba otras intenciones.

De cualquier forma, si la familia Godoy iba a anunciar la separación, seguramente buscarían una narrativa que los hiciera quedar bien y justificara el divorcio.

Y esa excusa iba a ser...

—Quizá esto afecte un poco tu imagen —continuó Galileo—, pero mi abuela dirá públicamente que el motivo fue que, durante los tres años de matrimonio, no le diste un heredero a la familia Godoy, y por eso...

Con que era eso.

Nanette dejó escapar una risa fría.

—Típico. Los Godoy nunca asumen la responsabilidad de sus miserias. Me parece la excusa perfecta para su impecable prestigio familiar.

Galileo, creyendo que tenía una deuda moral con ella, no se ofendió por el sarcasmo. Al contrario, suavizó su tono.

—Sé que esto puede parecerte injusto y que dañará tu reputación, pero no te preocupes, te compensaré económicamente.

—¿Compensarme? —Los labios de Nanette se curvaron en una mueca llena de desprecio—. Lo que me debes va mucho más allá del dinero. ¿Crees que te alcanza la vida para pagarme?

—No hables desde el coraje. Hablemos claro, Nanette. Acepta la realidad, esto en el fondo te beneficia. Que yo esté dispuesto a compensarte significa que aún me importas un poco. Deberías sentirte agradecida.

—Ah, ¿de verdad? Qué generoso. Entonces quiero mi compensación.

Galileo asintió, satisfecho.

—De acuerdo, ¿qué quieres?

Nanette lo miró con hielo en la mirada.

—Quiero que tú y tu hermana se entreguen a la policía.

El semblante de Galileo se transformó de inmediato.

—¿Aún sigues con esa locura?

—Nuestra relación, lo poco que quedaba de ella, ya se acabó —respondió Nanette, implacable—. Pero el daño y el odio que me generaron, eso está muy lejos de terminar.

Más tarde, de regreso en casa, Nanette llamó a Camila Mancilla y le relató su incómodo encuentro con Galileo.

Camila no paraba de reírse al otro lado de la línea.

—Te apuesto lo que quieras a que, aunque le jures por tu vida que eres el mayor talento de la informática en San Lirio, el muy idiota no te creería. Para Galileo, solo fuiste un adorno bonito en su sala. En su cabeza, eres incapaz de hacer algo importante.

En eso, Nanette estaba cien por ciento de acuerdo.

Al menos, durante mucho tiempo, lo único que él validó fue su apariencia física.

Camila bufó.

—Si ese infeliz te hubiera tratado con un mínimo de decencia, te habrías desvivido por él. No solo lo habrías ayudado en su empresa, sino que la habrías llevado a la cima. Lástima por él...

No, no era lástima.

No le daba ni un ápice de pena.

Agradecía que Galileo hubiera sido tan ciego.

De lo contrario, ella seguiría viviendo en una fantasía tóxica, siendo su sirvienta personal.

Camila cambió de tema, recordando algo del trabajo.

—El robot que vamos a presentar en la exhibición ya está configurado y listo. Yo voy a ir al evento, ¿quieres acompañarme?

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