—Piénsalo, Gali. Sabes perfectamente que tengo razón —remató Yolanda.
***
Nanette esperó una hora entera.
Por fin llegó la respuesta de Galileo.
No fue una llamada, sino un mensaje de texto.
[Nanette, la empresa está por construir una nueva planta de producción y requiere mucho capital. Me es imposible prestarte esa cantidad. Una disculpa.]
Un mensaje tan formal y frío.
Como si Nanette fuera solo una conocida más.
Nanette cerró los ojos y recargó la cabeza en el asiento; la tristeza le apretó el pecho como si le faltara el aire.
«Ay, Nanette... Este es el hombre del que estuviste enamorada».
«¿Acaso estabas ciega?».
***
Noel estaba en una junta en una de sus sucursales cuando recibió la llamada de Nanette.
Interrumpió la reunión de inmediato.
Salió al pasillo, contestó el celular y escuchó una voz apagada del otro lado de la línea.
—Señor Cortés... quería ver si podíamos hablar de algo.
—Dime —respondió Noel.
—¿Habrá alguna posibilidad de que firmemos el contrato mañana? O... ¿crees que podrías adelantarme el dinero?
—¿Te urge el efectivo?
—Sí, es una emergencia —admitió ella sin rodeos.
—Ahorita estoy fuera de la ciudad por unas reuniones. Regreso hasta pasado mañana, así que no vamos a alcanzar a firmar el contrato.
Nanette respiró hondo. La poca esperanza que le quedaba empezó a desvanecerse.
—Pero puedo transferirte el dinero de una vez. Le aviso a finanzas para que hagan el movimiento. Si todo sale bien, lo tendrás en tu cuenta mañana por la mañana.
Nanette se quedó muda por un largo rato. Sentía que estaba soñando, como si la situación no fuera real.
¿Así de fácil había aceptado?
Se quedó tan pasmada que hasta olvidó darle las gracias.
—¿Con eso tienes? Si te falta, te puedo adelantar el pago por el mantenimiento y las actualizaciones del juego.
Nanette reaccionó de golpe.
—Es más que suficiente, señor Cortés... Muchas gracias.
—Pero voy a necesitar un pequeño favor a cambio.


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