Nanette se quedó sentada en el asiento del conductor, pensando por un largo rato.
Si lograba conseguir el dinero de Noel, pagar los seis mil millones en dos días no sería ningún problema.
Pero había acordado firmar el contrato con él hasta la próxima semana. No podía pedirle que le pagara por adelantado sin haber firmado nada.
Solo le quedaba una opción viable.
Galileo.
Nanette lo llamó por teléfono.
Cuando él contestó, ella fue directo al grano, sin rodeos.
—Mi papá necesita dinero urgente. Mucho. ¿Puedes prestármelo? Te lo devuelvo en una semana.
Se hizo un largo silencio en la línea por parte de Galileo.
—Con la situación actual del Grupo Larco, dudo que puedan pagarme en un año, mucho menos en una semana.
—Te firmo un pagaré —insistió Nanette.
—¿De qué me sirve un pagaré si no tienen con qué pagar?
Nanette sintió una punzada en el pecho.
Galileo era un hombre de negocios hecho y derecho; en cuanto se trataba de dinero, no tenía tacto.
No le quedó de otra que tragarse su orgullo.
—Hazlo por el tiempo que llevamos casados. Ayúdame esta vez. Te lo suplico...
Pasó otro rato antes de que Galileo respondiera.
—Déjame pensarlo.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
—Te marco al rato.
La llamada terminó.
Nanette sintió que el mundo se le venía encima.
***
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