Nanette se quedó perpleja por un instante.
—No es eso...
¿Por qué sonaba como si estuviera celoso y molesto?
—Si no es eso, ¿por qué no puedes conducir el auto de la empresa?
Nanette se mordió el labio y recuperó las llaves, guardándolas de nuevo en su bolsillo.
—Algún día de estos venderé el que me regaló Galileo, y de ahora en adelante usaré el auto de la empresa. ¡Pero el Sr. Cortés tendrá que reembolsarme la gasolina!
—Sin problema —respondió Noel.
Nanette se quedó sin palabras.
Aclarado el asunto del auto, aún quedaba pendiente el tema de sus nuevas responsabilidades.
—¿Por qué me entregas todo el control?
Noel ni siquiera despegó la vista de la pantalla de su computadora, moviendo el mouse de vez en cuando.
Ni siquiera la miró.
Nanette asumió que estaba revisando algo muy importante.
—En la junta fui muy claro —dijo él secamente.
—¿Y tú? —soltó Nanette sin pensar.
—¿Yo qué?
—¿A dónde vas a ir?
—No voy a ir a ninguna parte.
—Entonces, tú...
—Vicepresidenta Larco —los largos dedos del hombre hicieron clic dos veces en el ratón y, levantando ligeramente la mirada, sentenció—. La familia Cortés no solo es dueña de Nube Alta. Tenemos muchos más negocios que atender.
Nanette apretó los dientes y guardó silencio.
Había quedado clarísimo.
—Entiendo, Sr. Cortés. Lo dejo trabajar, me retiro.
—Vicepresidenta Larco.
Nanette se detuvo, dándole la espalda.
—¿Alguna otra instrucción, Sr. Cortés?
—Esta noche tenemos una cena de negocios —informó Noel—. Irás conmigo. Hay algunos clientes importantes que debes conocer.
—Entendido, Sr. Cortés.
Luego, salió de la oficina.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó