—¡Nanette! ¡¿Por qué andas adoptando a tantos hermanos del alma?! —preguntó Félix furioso.
Nanette se quitó las gafas, se recostó en la silla y lo miró con el ceño fruncido y una expresión severa.
—¿Quién te dijo semejante tontería? Solo tengo un hermano de verdad.
El humor de Félix mejoró un poco.
—¡Pero esa chica de afuera acaba de decir que Gael también es casi de la familia para ti!
—Pues sí, lo considero mi familia —respondió Nanette con calma.
El buen humor de Félix se esfumó de nuevo.
—¡Acabas de decir que solo tenías a un hermano!
—Así es, y es él.
Félix se quedó callado un momento.
—¡Nanette! ¡Cómo puedes hacerme esto!
Nanette se llevó una mano al vientre y lo acarició suavemente. Temía que los gritos de este muchacho asustaran al bebé.
—¿Hacerte qué?
—¿Cómo puedes tener a otra persona ocupando mi lugar allá afuera?
Mmm...
Ese diálogo le sonaba demasiado familiar.
Se sentía exactamente como si la hubieran atrapado en una infidelidad.
—¿Acaso no es suficiente con tenerme solo a mí?
—Es suficiente, ¿y? —Nanette no le siguió el juego—. No solo es suficiente, es más que suficiente.
Félix se acercó a ella en tono de ruego.
—Nanette, solo debes tenerme a mí como tu hermano.
Alargó la última sílaba en un tono zalamero.
Nanette ni se inmutó.
—¿A qué viniste?
—No cambies de tema. Primero aclárame eso. ¡Por qué le das ese lugar a alguien más!
—Porque él me respeta, sabe cuidarme y me protege —Nanette levantó la barbilla, con un destello de frialdad en los ojos—. ¿Tú harías eso?
—Yo... —Félix se sintió acorralado—. ¡Claro que lo haré! A partir de ahora lo haré.
—Aunque lo hicieras, ya no lo necesito —respondió ella perezosamente—. Habla rápido, ¿a qué viniste?
Félix dejó la bolsa que llevaba sobre el escritorio.
—Esto te lo manda nues... mi mamá.

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