Nanette y Noel llegaron de inmediato al lugar de los hechos.
En el suelo había dos hombres retorciéndose y soltando quejidos constantes; a simple vista, habían recibido una paliza considerable.
Y quien les había dado su merecido no era otro que el asistente de Galileo, Silvio.
Al parecer, Silvio era muy bueno peleando, pues no tenía ni un solo rasguño.
Cuando Galileo mencionó «tu gente», se refería al hermano menor de Nanette, Félix.
Y cuando dijo «su gente», hablaba de Camila.
¿Quién hubiera imaginado que Félix contrataría a un par de matones para asustar a Camila?
Como resultado, Galileo terminó jugando al héroe que rescata a la damisela en apuros.
De no haberlo visto con sus propios ojos, Nanette jamás habría creído que Félix buscaría problemas con Camila. Eran dos personas que, literalmente, no tenían nada que ver el uno con el otro.
Al ver a Noel llegar junto a Nanette, la mirada de Galileo se tensó.
—El señor Cortés de verdad que no se separa de ella ni un segundo.
Noel ni siquiera se molestó en mirarlo. Sus labios se movieron levemente y su voz, carente de cualquier atisbo de calidez, fluyó con lentitud.
—¿Están seguros de que fue Félix quien les ordenó hacer esto?
Los dos hombres en el suelo levantaron la cabeza para mirar al hombre que les hablaba.
Sus ojos eran tan fríos como cuchillas. No mostraba ninguna expresión de más, pero emanaba una autoridad intimidante.
Ambos se miraron entre sí y, de repente, ya no se atrevieron a confirmarlo.
—Permítanme presentarlos.
Hugo se adelantó con astucia.
—Este es el señor Cortés, el dueño y señor de la mitad de San Lirio. Y la mujer que está a su lado es su protegida, es decir, la hermana de Félix, el chico del que acaban de hablar.
Frente a un extraño, Hugo omitió deliberadamente el título de «Señora Cortés».
Mientras el joven Noel no hubiera cortado por completo sus lazos con la familia Zamora, lo mejor era evitar más complicaciones.
—Por lo tanto, más les vale pensar con mucho cuidado si de verdad fue Félix quien los mandó. Pueden comer cualquier porquería si quieren, pero no pueden soltar mentiras a la ligera.
Los dos matones se miraron con aprensión. Estaban aterrorizados.
Si ofendían al señor Cortés, se despedirían de cualquier esperanza de tener una vida tranquila.
Galileo esbozó una media sonrisa, con un gesto de burla.

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