Un edificio viejo y sencillo, con aspecto ruinoso y húmedo.
Noel le había dicho que Melba vivía en el segundo piso.
El pasamanos tambaleante y las escaleras destartaladas hicieron que a Nanette se le encogiera el corazón.
Nunca imaginó que Melba viviría en un lugar así.
Después de tantos años, el sueldo que Galileo le pagaba a Melba no era nada bajo.
En el peor de los casos, le alcanzaba para rentar un lugar decente.
¿Por qué vivía ahí?
Apenas llegaron a la puerta, escucharon un fuerte estruendo adentro.
Noel levantó la mano y tocó.
Pronto, la puerta de herrería rechinó y se abrió.
Un hombre de casi cincuenta años, mal rasurado y desaliñado, apareció ante ellos.
Se parecía mucho a Melba.
Nanette supuso que ese debía ser el hijo inútil del que Melba nunca pudo soltarse.
Rozaba los cincuenta y aun así se la pasaba de vago, como si el mundo le debiera la vida.
Antes tenía esposa, pero como él se la vivía tomando y apostando, ella agarró a los niños y lo abandonó.
Desde entonces, el hombre empeoró.
En cuanto se quedaba sin dinero, iba a pedírselo a Melba.
A su edad, Melba debería estar descansando, pero tenía que salir a trabajar como empleada doméstica para ganar dinero.
Al verlo con sus propios ojos, Nanette por fin entendió por qué Melba vivía en esas condiciones.
Con un hijo tan vividor, ya era ganancia que al menos tuviera un techo donde caer muerta.
—Busco a Melba —dijo Nanette sin rodeos.
El hombre parecía recién despertado y le contestó con fastidio:
—Si busca a su madre, vaya a su casa, aquí no está.
—Busco a Melba —repitió ella.
El hombre se quedó desconcertado por un momento y los barrió con la mirada de arriba a abajo.
Se notaba a leguas que eran gente de dinero.
Así que le bajó dos rayitas a su actitud.
—¿Y ustedes quiénes son?
Nanette mantuvo la cortesía.
—Somos amigos de Melba, la buscamos por un asunto.
El hombre soltó una carcajada, mostrando unos dientes amarillentos por el tabaco.
Una caída así, a su edad, fue suficiente para dejarla hecha pedazos.
Melba había escuchado que Nanette la llamaba.
De la emoción, se cayó de la cama, sudando frío por el dolor.
A Nanette se le apretó la garganta al verla así y se fue directo hacia ella, sin importarle nada más.
—¡Melba! ¿Qué te pasó?
Al ver a Nanette, Melba se emocionó tanto que no supo qué hacer.
—¡Señorita! ¿Cómo dio con este lugar? Váyase, por favor… aquí todo está hecho un desastre, no quiero que se me ensucie.
Nanette sentía un nudo en la garganta.
—Déjame ayudarte a levantarte.
Pero Noel la tomó del brazo y la hizo a un lado con suavidad.
—Yo lo hago.
Dicho eso, se inclinó, cargó a Melba y la recostó en la cama.
Nanette se quedó pasmada por un segundo.
Melba llevaba varios días sin lavarse el cabello ni cambiarse de ropa, por lo que desprendía un olor desagradable.
Sin embargo, a él no pareció importarle en lo más mínimo.

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