Camila sintió que un fuego le quemaba el pecho y contuvo a la fuerza las lágrimas que amenazaban con salir.
—Tú ganas.
Dio dos pasos hacia atrás, casi tropezando.
—No, ustedes ganan.
Los ojos del hombre no reflejaron ni una pizca de compasión; su voz era fría como el hielo.
—Señorita Mancilla, tengo un par de consejos y espero que los escuches atentamente.
Camila obligó a salir una palabra de su garganta ronca:
—Dime.
—Primero, renuncia a Faro Tecnológico.
»Segundo, no vuelvas a aparecer frente a Nanette ni frente a Venancio.
»De ahora en adelante, nosotros iremos por nuestro camino y tú por el tuyo. Cada quien por su lado, sin interferir con el otro.
Camila esbozó una sonrisa pálida.
—¿Acaso el señor Cortés quiere asegurarse de que jamás vuelva a tener un lugar en el mundo de la informática?
—Puedes tenerlo, pero no en Faro Tecnológico.
—¿Por qué?
—No necesitas saber los detalles.
Los ojos implacables de Noel brillaron levemente.
—Pero en el futuro, lo descubrirás por ti misma.
»Además, entrégale un mensaje a Galileo.
Camila miró esos labios hermosos, pero carentes de toda calidez.
—¿Qué mensaje?
—Dile a Galileo que, si ya no le interesa el escenario de San Lirio, lo mejor es que se retire a tiempo.
Camila se sobresaltó.
Esa frase parecía simple.
Pero, en realidad, escondía una grave amenaza.
***
Nanette se enteró de la noticia de la familia Mancilla a través de los medios.
Miró de reojo al hombre que estaba jugando felizmente con el bebé y suspiró para sí misma.
¿Quién habría imaginado que todos esos eventos fueron orquestados por este hombre, que parecía tan gentil y elegante?
Dejó el teléfono sobre la mesa, caminó hacia él y lo abrazó por la espalda.
—Ese día le pedí especialmente a Hugo que no te dijera nada de lo que pasó, pero veo que no me hizo caso.
El resultado fue el colapso de la familia Mancilla.
Y Camila presentó su renuncia a Faro Tecnológico a la velocidad de la luz.
—Dime, ¿cómo debería castigar a Hugo?
Noel centró toda su atención en ella.

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