Tras finalizar la reunión, todos comenzaron a dispersarse.
El último en salir se encargó de cerrar la puerta con cuidado.
Nanette se levantó y se apoyó en el borde de la mesa de conferencias. Con los brazos cruzados, lo miró con fingida molestia.
—¿Una decisión tan grande y ni siquiera lo discutes conmigo primero?
Las manos de Noel se posaron suavemente en su cintura.
—Si te lo decía antes, ya no sería una sorpresa.
Nanette no sabía si reír o suspirar.
—¿No crees que tu sorpresa es demasiado exagerada?
La mayoría de los hombres sorprendían a sus parejas con flores o joyas.
¿Pero él? Él le regalaba una empresa.
—De esta forma, ya no serás una simple empleada —respondió Noel.
Nanette sonrió de medio lado.
—Solo estaba bromeando. Además, me encanta trabajar para ti.
El corazón de Noel dio un vuelco, y una mirada cargada de ternura se asomó en sus ojos.
—Si me hablas así, no voy a poder resistirme.
Nanette lo pensó un momento.
—¿Qué dije?
—Palabras de amor.
¿Palabras de amor?
¿En qué momento había dicho algo romántico?
Antes de que pudiera abrir la boca para defenderse, sus labios fueron sellados por los de él.
Últimamente, él la besaba con una frecuencia abrumadora. Era como si se hubiera vuelto adicto.
Por supuesto, ella también disfrutaba de sus besos, así que respondió con pasión.
Después de un buen rato, se separaron.
Los ojos de Noel rebosaban de dulzura.
—Ya firmé el acuerdo de transferencia. Está en mi auto.
Nanette apoyó la cabeza en su pecho.
—¿Y si arruino la empresa? ¿Qué haremos?
—Imposible —aseguró él.
—¿Por qué tan seguro?
—Porque eres la mujer de Noel Cortés.
Nanette soltó una carcajada.
—¿Me estás halagando a mí o te estás halagando a ti mismo?
Noel miró la hora.
—Aún es temprano. Vamos a almorzar primero.

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