Hablar de donaciones le trajo un recuerdo a Nanette.
—De verdad que tú y tu padre son idénticos.
—¿A qué viene mi papá en esto? —preguntó Noel, desconcertado.
Nanette sonrió.
—Porque hace un tiempo, él también donó veinte millones de pesos a un orfanato en mi nombre.
Noel se quedó atónito.
—¿Cuándo pasó eso? No estaba enterado.
—Fue durante la fiesta de cumpleaños de tu papá. Supongo que quería compensarme, porque me ofreció un cheque de caja por veinte millones. Como lo rechacé, le dije en broma que mejor lo donara a un orfanato. ¿Y adivina qué? Lo hizo, y puso la donación a mi nombre.
El orfanato incluso la había llamado para agradecerle en persona, y hasta una cadena de televisión quiso entrevistarla.
Por supuesto, ella declinó todas las invitaciones.
Ese dinero no había salido de su bolsillo, y no pensaba llevarse el mérito por la caridad de otro.
Noel se echó a reír con ganas.
—Mi papá, en el fondo, es un gran hombre.
—Lo sé —asintió Nanette—. Ha tenido que cargar con muchas responsabilidades en esta vida, y por eso fue tan exigente contigo. Pero es un excelente padre. De lo contrario, nunca habría dado su brazo a torcer para dejarnos estar juntos.
Incluso sabiendo que ella llevaba en su vientre la sangre de la familia Cortés, Don Joaquín nunca intentó quedarse con el bebé y deshacerse de ella.
Por ese simple detalle, Nanette sabía que era un buen hombre; un viejo obstinado, pero encantador.
No tuvieron que esperar mucho antes de que su número sonara por el altavoz.
Noel, tomando de la mano a una todavía nerviosa Nanette, se acercó a la ventanilla.
La funcionaria que los atendió los miró con detenimiento y sonrió de oreja a oreja.
—Ustedes sí que hacen bonita pareja. ¿Traen todos los papeles?
Noel abrió un sobre manila y sacó todo el papeleo.
—Aquí tiene todo en orden.
Tras revisar el expediente, la funcionaria les pasó dos hojas impresas.
—Firmen aquí.
La mano de Nanette temblaba ligeramente mientras trazaba su firma.
En cambio, Noel firmó con rapidez y precisión, como si temiera que el gobierno se arrepintiera y le cancelaran el trámite.
Nanette se sentía abrumada, pero sobre todo, conmovida. Conmovida de que un hombre tan extraordinario, el sueño inalcanzable de tantas mujeres, a partir de ese instante se convertía oficialmente en su esposo.

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