La expresión de Nina se tornó sombría y profunda.
—El cuerpo de Simón fue desmembrado en diecisiete pedazos.
—Brazos, dedos, piernas, orejas... ni siquiera le dejaron las uñas.
Alicia negaba con la cabeza mientras lloraba.
—Ya no digas más, Nina, por favor, cállate.
Se arrepentía de haber tocado ese tema. Era como echarle limón y sal a una herida abierta.
Pero Nina continuó su relato, impasible.
—Me tomó tres días completos volver a unir su cuerpo.
—No, de hecho, no quedó completo. El corazón de Simón no estaba.
Nina esbozó una sonrisa que helaba la sangre.
—No podía tolerar que Simón se fuera al otro mundo con el cuerpo incompleto.
—Aunque tenga que buscar hasta por debajo de las piedras, voy a recuperar su corazón.
Al llegar a este punto, las emociones de Nina rozaban la locura.
—Cuando sepa quién se lo arrancó, haré que esa persona pague diez, cien, mil veces ese dolor.
Al notar que el estado de Nina no era normal, Alicia la abrazó con fuerza para impedir que siguiera reviviendo aquella pesadilla. No podía imaginar el dolor que Nina debió sentir al ver el cadáver descuartizado de Simón. Con razón había desaparecido sin dejar rastro durante un año. Cualquiera que hubiera pasado por un infierno así difícilmente podría salir de la tristeza.
—Nina, sé que la muerte de Simón te duele, pero todo eso ya pasó.
—Si Simón te viera desde el cielo, no querría que vivieras en un sufrimiento eterno.
El consuelo de Alicia no surtió ningún efecto. La mirada de Nina se volvió cada vez más gélida y sus palabras carecían de cualquier emoción humana.
—No pasó. ¿Cómo va a pasar?
Nina empujó a Alicia, apartándola de su abrazo.
—El que mata debe pagar con su vida, el que debe tiene que pagar. Esa es la ley universal.

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