Al ver a Nina parada afuera, Yeray abrió los ojos con sorpresa.
—¿Señorita Villagrán?
Nina tampoco esperaba encontrarse con una cara conocida.
—Yeray, ¿qué haces aquí?
Yeray no se atrevió a ocultar nada.
—Esta es la suite exclusiva del señor Máximo en el club internacional.
En ese momento, la voz de Máximo se escuchó desde el interior.
—Yeray, ¿ya llegó la persona?
Nina entró directamente a la suite y se plantó frente a Máximo con mirada inquisidora.
Al ver a Nina ahí, tanto Máximo como Ramiro, que hablaba con él en voz baja, se quedaron pasmados.
—¿Nina?
—¿Señorita Villagrán?
Nina miró desde arriba a Máximo, quien estaba sentado en el sofá.
—Ximito, ¿no habías dicho que tenías que ver a un cliente?
Máximo asintió, todavía un poco aturdido.
—Así es.
Nina se cruzó de brazos, con una chispa de burla en los ojos.
—¿Citas a los clientes en una suite presidencial con cama King Size?
El cuestionamiento directo y crudo tomó a Máximo por sorpresa.
—Nina, creo que estás malinterpretando las cosas.
Nina soltó una risa fría.
—Todos somos adultos aquí, los dos sabemos perfectamente si es un malentendido o no.
Ramiro no pudo evitar intervenir.
—Señorita Villagrán, pongo mi honor en juego, el señor Máximo no haría nada para traicionarla.
Yeray, dándose cuenta de que la cosa estaba fea, se apresuró a gritar:
—¡Yo también lo juro! Aunque el señor Máximo tuviera las ganas, no tendría el valor de hacerlo.
Apenas terminó la frase, sintió las miradas asesinas de Máximo y Ramiro.
Yeray se dio cuenta de que esa expresión no era la más adecuada para el momento.
El giro tan dramático de los acontecimientos hizo que Máximo sintiera que estaba en una montaña rusa.
Antes de que Nina apareciera, él se preguntaba quién demonios sería ese tal Silver.
Jamás imaginó que Silver, el miembro más misterioso de Zafiro, fuera su esposa Nina, con quien dormía todas las noches.
Tenía la cabeza hecha un lío.
Hace unos minutos había tenido que tragar la noticia de que Nina era La Parca.
Y sin haber digerido ese secreto monumental, Nina revelaba otra identidad.
¡Silver!
Ignorando a Ramiro y Yeray, que parecían estatuas de piedra, Máximo extendió la mano mecánicamente y estrechó la de Nina.
—Soy Mictlantecuhtli.
Nina miró con sorna al petrificado Yeray.
—Anoche en la cena me preguntaste quién era ese tipo que me caía mal y dónde vivía, ¿te acuerdas?
Nina señaló a Máximo, que estaba frente a ella.
—¡Aquí está, ya lo encontré!

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