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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 30

El celular de él vibró.

Elena alcanzó a ver el nombre de Adriana en la pantalla.

Se le dibujó una sonrisa burlona en los labios; todo aquello le parecía profundamente injusto, y no dejó pasar la oportunidad de devolvérsela.

Así que se volteó hacia Diego y le dijo:

—El otro día me prometiste que me ibas a comprar un coche para ir al trabajo. Hoy tengo tiempo libre, ¿por qué no me acompañas a escoger uno?

Como Diego se sentía culpable por lo que había pasado con la abuela Navarro, apagó la pantalla de su celular y la acompañó a la agencia de autos.

El gerente de ventas de la agencia los recibió con muchísimo entusiasmo apenas vio a Diego.

—¡ Presidente Romero! El coche que apartó ya llegó por envío especial, ¿gusta pasar a verlo?

Al ver a Elena junto a él, agregó con una gran sonrisa:

—Y ella debe ser la señora Romero, ¿verdad? El presidente Romero nos pidió específicamente que mandáramos a pintar el coche de color rosa porque es su color favorito. ¡El presidente de verdad la adora, señora!

Por supuesto que Diego no había encargado ese coche para regalárselo a Elena.

Días atrás, cuando Adriana le dio la noticia de que estaba embarazada, él le había prometido regalarle un coche de lujo como premio.

Con las prisas, a él se le había olvidado por completo ese detalle, así que de inmediato le empezó a hacer señas con los ojos al gerente. Sin embargo, el hombre no entendió la seña y siguió deshaciéndose en halagos sobre lo enamorados que se veían.

Elena, que no era ninguna ingenua, sabía perfectamente que ese coche no era para ella.

Para empezar, su color favorito ni siquiera era el rosa.

Además, un trabajo de pintura personalizada tardaba por lo menos un mes en estar listo.

Ella y Diego habían hablado de comprar el coche hace menos de quince días.

Aun así, no expuso su mentira frente al empleado. Simplemente sonrió y dijo:

—¿De verdad? Ay, no sabía que Diego me tenía preparada una sorpresa tan grande. Bueno, vamos a ver el coche.

Cuando Elena vio el lujoso automóvil y leyó la placa de información, se rio por dentro.

Era la edición limitada más reciente del Phantom Dentelle, con un valor de más de diez millones de pesos.

Elena dejó la placa en su lugar y le sonrió a Diego.

—Diego, me fascina este coche. Muchas gracias por el regalo.

Diego forzó una sonrisa.

Estaba a punto de inventarse algún defecto del vehículo para convencer a Elena de que no lo escogiera.

Pero antes de que pudiera decir algo, Elena lo apresuró:

—Paga lo que falta para que me lo pueda llevar hoy mismo. Ah, y por cierto, como es un regalo para mí, supongo que los papeles van a quedar a mi nombre, ¿verdad?

Sin más remedio, Diego tuvo que firmar la factura.

Elena manejó hasta la casa y, justo cuando iba llegando, vio que el coche de Adriana también iba entrando por el portón.

Diego, que venía con ella, se tensó de inmediato.

Elena siguió al coche de Adriana hasta el garaje y se estacionó justo al lado del suyo.

Se bajó del coche y caminó directamente hacia ella.

Diego se apresuró a darle explicaciones:

—Justo hoy me acompañó a ver coches y a mí se me barrió por completo lo del encargo. El gerente pensó que el coche era para Elena y se lo enseñó de inmediato. Como a ella le gustó mucho, no tuve de otra más que dárselo por ahora.

Al oír eso, Adriana estuvo a punto de perder la calma por completo.

¡Había aguantado un sinfín de humillaciones cuidando a doña Beatriz, mientras que Elena se había ido a pasear con Diego, a disfrutar de su tiempo a solas y, para colmo, le había robado su coche de lujo!

Entre más lo pensaba, más coraje sentía.

Pero también era muy consciente de que, en ese momento, Diego todavía sentía algo por Elena y su propia posición no era nada segura.

Por lo tanto, tuvo que tragarse todo su enojo y decirle con voz de víctima:

—Entiendo tu situación, Diego. Pero para mí, el significado de ese coche era muy diferente.

Se llevó las manos al vientre y continuó:

—Ese era el regalo que nos ibas a dar a mí y a nuestro bebé. Ahora que se lo diste a Elena, mi bebé y yo nos sentimos muy tristes.

Al ver su vientre, Diego también sintió mucha culpa por haberles fallado a ella y al bebé que venía en camino.

Para consolarla, le prometió:

—Ya sé, te pido perdón. Te juro que te voy a comprar otro coche todavía más caro, ¿me perdonas?

Adriana asintió con cara de niña buena.

—Gracias, Diego.

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