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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 32

Justo antes de dormir, Elena recibió una foto en su celular.

En la imagen, se veía a Adriana recostada en una cama de hospital y, a su lado, la figura de un hombre.

Se alcanzaba a distinguir el perfil firme de un hombre, con esa elegancia despreocupada que resultaba imposible no notar.

Ni un minuto después, el mensaje fue eliminado.

Adriana le mandó una disculpa más falsa que nada: [Ay, perdón, Elena. Me equivoqué de chat.]

Pero Elena ya le había tomado captura de pantalla. No se molestó en contestar, bloqueó el celular y se acomodó para dormir.

Al día siguiente, Diego le mandó un mensaje diciendo que su madre, Beatriz, estaba enferma, así que se quedaría en la casa familiar unos días para cuidarla.

A Elena le causó gracia ver la cantidad de mentiras que inventaba con tal de largarse con su amante.

Al llegar a la oficina, se puso a trabajar.

Marcelo le mandó un mensaje proponiendo verse para platicar de negocios, acompañado de una foto de su abdomen marcado en el gimnasio.

Elena sintió asco, borró la foto y lo ignoró.

El Grupo Romero estaba por cambiar de proveedor de materias primas. Como el vicepresidente Montoya no lograba decidirse, la invitó a visitar las bodegas de la fábrica para checar unas muestras.

Elena aceptó y salieron juntos de la empresa.

No fue hasta pasadas las ocho de la noche que por fin se subió a su coche para irse de la fábrica.

Regresó a su propio departamento. Apenas iba entrando cuando le llegó un mensaje de la anciana Vargas.

La anciana Vargas le recordaba que descansara después del trabajo y que fuera a visitarla cuando tuviera tiempo, prometiéndole prepararle algo rico de comer.

Elena sintió un alivio suave al leerlo y le dio las gracias.

Como anduvo corriendo todo el día, no había probado bocado y ya estaba desfallecida de hambre. Se preparó una sopa rápida.

Desde que se había mudado ahí, surtió bien la despensa, así que el refrigerador estaba lleno.

La cena estuvo lista en un momento. Apenas había dado dos bocados cuando entró una llamada de Isabela.

—Elena, ven al hospital ahorita mismo.

Elena estaba agotada y respondió sin rodeos:

—Esta noche no puedo. Si es algo urgente, busca a Diego.

Isabela perdió los estribos:

—¡Diego tuvo un accidente de coche! ¿Y no vas a venir a verlo? ¡Muévete para acá!

—Que venían de regreso del hotel de aguas termales tú y Adriana, y chocaron con un árbol.

Diego se apresuró a inventar una excusa:

—No fuimos solos, Adriana y yo. También estaba Darian y otros de la oficina. Fuimos a ver a unos clientes.

En cuanto soltó la mentira, se dio cuenta de que acababa de contradecirse solo, pues le había dicho a Elena que estaría en casa de su madre cuidándola.

Elena no le reclamó nada.

Ella ya lo sabía todo.

Presionarlo solo serviría para escuchar más mentiras patéticas.

Además, ya le daba exactamente igual con quién se acostara.

Solo quería sacar su compensación y mandarlo al diablo lo antes posible.

—¿Tienes sed? ¿Quieres agua?

Ella le sirvió un vaso y se lo entregó.

Al verla tan fresca y desinteresada, a Diego se le frunció el ceño.

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