¿No le iba a hacer un escándalo?
¿No sentía ni un poco de celos?
Por primera vez, Diego sintió que algo se le estaba escapando de las manos. Dejó el vaso a un lado y le tomó la mano.
—Elena, si esto te molesta, por favor dímelo.
Elena esbozó una leve sonrisa y cambió de tema.
—Mañana tengo que ir a la fábrica temprano, así que no me puedo quedar a cuidarte. Voy a decirle a la señora Ruiz que venga.
Diego se quedó pasmado.
La última vez que lo habían internado por apendicitis, Elena se quedó a su lado día y noche, pendiente de él hasta en el menor detalle.
Y ahora, simplemente le decía que se iba con tanta frialdad.
Diego sintió de pronto que Elena se le estaba yendo de verdad.
De repente, la voz de Adriana sonó desde el pasillo.
—Diego...
Adriana apareció en la puerta con el brazo vendado y la cara desencajada.
Elena agarró su bolsa y se levantó para irse.
Diego quiso detenerla, pero ella ya se había esfumado.
Adriana se acercó y se sentó en la orilla de la cama.
Con Adriana ahí, a Diego se le olvidó Elena.
—¿Estás bien? —le preguntó.
Ella negó con la cabeza.
—Sí, ¿pero a ti te duele mucho?
Diego la abrazó.
—No es nada.
Adriana se acurrucó en su pecho y empezó a sollozar.
—Me asusté muchísimo, Diego. Cuando me dijeron que estabas inconsciente, sentí que me moría.
Diego le acarició la espalda para consolarla, pero en su mente no dejaba de ver la mirada gélida de Elena.
Por un instante, no supo ni qué pensar.
¿Acaso ya los había descubierto?
***
Al salir del hospital, Elena estaba pálida del dolor de estómago que traía.
La primera reacción de Elena fue negarse, pero el dolor seguía molestándola y no se sentía en condiciones de manejar, así que aceptó.
La camioneta era muy amplia. Elena apoyó su comida en la mesita desplegable y notó que Alejandro también llevaba un recipiente con caldo. Le ganó la curiosidad.
—¿El señor Vargas también come en este tipo de lugares?
Él esbozó una ligerísima sonrisa y su voz resonó grave y clara.
—Claro. ¿O pensabas que ceno langosta y caviar todos los días?
Elena se quedó sin palabras ante su respuesta tan casual.
Al ver sus grandes ojos oscuros llenos de sorpresa, Alejandro relajó la expresión.
—A mi abuela le gusta mucho el de aquí. Pasé por aquí y quise llevarle un poco a mi abuela.
Elena asintió. No quiso pecar de entrometida con los asuntos de la familia Vargas, así que se enderezó en su asiento en silencio.
Cuando llegaron a su edificio, le dio las gracias y bajó de la camioneta.
Alejandro le indicó al chofer que avanzara. De pronto, un brillo en el asiento llamó su atención.
Lo recogió; era un pasador para el cabello adornado con perlas.
Le mandó un mensaje a Elena para preguntarle si quería que dieran la vuelta para entregárselo.
Elena, que apenas iba abriendo la puerta de su departamento, vio el mensaje. Como era un simple pasador, le dio pena hacerlo regresar por una tontería y le contestó: [No se moleste, señor Vargas. Tírelo a la basura, por favor.]

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....