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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 36

Ella no se lastimaría a sí misma ni a su bebé solo por vengarse.

—¿Pero si Diego se entera de que estás embarazada, crees que te va a dejar ir así de fácil? —preguntó Isabel.

Elena soltó una risita.

—Tengo pruebas de su engaño. Aunque él y Adriana estén casados legalmente, me puso los cuernos mientras estábamos juntos. Si no me deja ir, voy a hacer públicas esas pruebas. A la familia Romero le obsesiona guardar las apariencias, así que Diego no se va a arriesgar a retenerme.

***

Cuando Diego llegó a casa, se dio cuenta de que Elena no había regresado.

Pensó que Elena todavía seguía molesta y que había regresado a casa de su tía. Así que decidió esperar a que se le pasara el enojo para luego ir a contentarla.

En esos cinco años juntos, también habían tenido sus peleas.

Pero siempre, con una simple disculpa, ella daba su brazo a torcer y volvía a su lado.

Diego estaba muy seguro de que esta vez no sería la excepción.

El domingo era el cumpleaños de Elena.

Desde el viernes por la noche, Elena le había mandado un mensaje para invitarlo a cenar ese día.

Habían empezado a andar formalmente el día de su cumpleaños.

Esa misma fecha, ella aceptó su propuesta de matrimonio.

E incluso, el día que firmaron el acta de matrimonio falsa, también fue un domingo como ese.

Para Elena, era la fecha perfecta para ponerle fin a su relación.

Al ver el mensaje, Diego se relajó de inmediato.

Estaba convencido de que, por mucho que se enojara, Elena siempre terminaba volviendo a él.

Aceptó de inmediato, le pidió a su asistente que reservara una mesa en un buen lugar y le mandó la ubicación.

Al checar la dirección, Elena notó que era el restaurante al que solían ir siempre.

Aunque la verdad, ya tenía muchísimo tiempo que él no la llevaba ahí.

El domingo por la noche, Elena se puso un vestido azul claro y llegó puntual al lugar.

Con su cabello oscuro, su piel impecable y esa presencia tan elegante, hizo que varios hombres voltearan a verla, impresionados por lo guapa que se veía.

Elena se sentó en su mesa y puso sobre el mantel el anillo que Diego le había regalado.

Esa misma noche pensaba devolvérselo.

Por la ventana, el reflejo del lago parecía un pedazo de seda lleno de estrellas.

Estaba a punto de abrir el chat, pero antes de que pudiera leerlo, Adriana pegó un grito:

—¡Ay, un bicho!

Diego se movió rápido para espantarlo, pero con el movimiento brusco, el celular se le resbaló de las manos y cayó por el barranco.

—Ay, no. Perdóname, Diego —se disculpó Adriana—. No debí gritar así, por mi culpa se te cayó el celular.

—No pasa nada —respondió él. Como empezó a hacer viento, agregó—: Ya está bajando mucho la temperatura. Con el embarazo, no vaya a ser que te enfermes. Mejor ya vámonos.

—Sí, está bien.

El lunes, al llegar al trabajo, Elena revisó su correo.

Tiempo atrás, había estado asesorando de a gratis al departamento de investigación y desarrollo del Grupo Romero, e incluso había diseñado varias fórmulas para ellos.

Guiándose por las políticas de bonos de la empresa, había metido una solicitud para cobrar esa compensación.

Gracias al respaldo del vicepresidente Montoya, el pago había sido aprobado.

Sin embargo, el dinero no caería de inmediato; tenía que esperar hasta el corte de nómina del próximo mes para que se lo depositaran.

Elena empezó a ordenar los pendientes de sus proyectos. Quería dejar todo listo para entregar su puesto y largarse del Grupo Romero de una vez por todas.

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