Era Diego. Nadó directo hacia Adriana, que estaba manoteando en el agua, y la sacó de la alberca.
Isabel se dio cuenta del alboroto, vio a Elena hundiéndose y se aventó de inmediato para rescatarla.
Un par de invitados se quitaron los sacos y corrieron a cubrir a Isabel y a Elena en cuanto salieron del agua.
Cuando Elena por fin pudo recuperar el aliento y dejó de toser, levantó la mirada solo para ver, a lo lejos, a Diego cargando a Adriana en brazos y metiéndola a toda prisa a la casa.
La escena le resultó tan miserable que hasta le dio risa.
Isabel también lo vio. Soltó un par de groserías maldiciendo al infeliz y ayudó a Elena a caminar hacia adentro.
Una de las empleadas de la casa les prestó ropa seca. Se cambiaron en un cuarto de visitas, se secaron el cabello con una toalla y se dispusieron a salir.
Al abrir la puerta, se toparon de frente con Diego.
Isabel abrió la boca dispuesta a gritonearle, pero Elena la frenó.
—Isabel, adelántate, por favor. Necesito hablar con él a solas.
Isabel fulminó a Diego con la mirada y salió del cuarto.
Diego entró a la habitación y cerró la puerta. Empezó a excusarse de inmediato:
—No te vi cuando salté, por eso saqué primero a Adriana. No te vayas a hacer ideas raras.
—Adriana fue la que me empujó, y luego me aventó a la alberca —dijo Elena con frialdad.
Diego parpadeó, incrédulo, y soltó el aire con esa condescendencia de quien cree estar hablando con alguien caprichoso.
—Elena, Adriana ya me explicó que fue un accidente. Por favor, no te pongas a pelear con una muchachita, no te rebajes.
Elena soltó una carcajada amarga y lo miró con furia.
—¿Quieres que revisemos las cámaras de seguridad?
Diego frunció el ceño. Le parecía que estaba haciendo un berrinche de la nada.
Él era un hombre conocido en la ciudad; ponerse a revisar cámaras en medio de un evento social le parecía un escándalo innecesario.
Sacó su celular y le hizo una transferencia.

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