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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 39

Al oír la negativa, Isabela perdió la cabeza del coraje. Estaba a punto de soltarle una grosería, cuando Elena la cortó diciendo que le estaba entrando la llamada de un cliente y le colgó en la cara.

La rabia estuvo a punto de hacerla estallar.

Agarró el celular y le marcó a Diego para exigirle que pusiera en su lugar a su esposa. Como mandaba directo a buzón, le empezó a mandar mensajes.

Diego venía saliendo de una reunión en la que había hecho pedazos a un par de gerentes por un error imperdonable. Estaba de pésimo humor, y cuando vio la retahíla de notificaciones de su hermana mayor quejándose de Elena, le dio una flojera inmensa y prefirió dejarla en visto.

Al ver que su hermano no le contestaba, Isabela hizo un berrinche tremendo. Pero, a fin de cuentas, la angustia por su hijo pudo más.

Tragándose su orgullo, le mandó un WhatsApp a Elena para preguntarle qué demonios quería a cambio de hacer el maldito caldo.

La respuesta de Elena fue corta y clara: [Cien mil pesos por preparación].

A Isabela le temblaban las manos del puro coraje. Le tecleó de regreso: [¡No manches! ¿Qué te crees para quererme ver la cara de esa manera?]

Elena ni siquiera se molestó en contestar.

Que la dejara en visto solo hizo que Isabela se enfureciera todavía más. Sintió una impotencia brutal, como si estuviera golpeando la pared.

En toda su vida, nunca había detestado tanto a esa mujer como en ese preciso momento.

Cuando Diego anunció que se iba a casar con ella, a Isabela casi le da algo. Le parecía que una mujer como Elena no tenía ni el apellido ni el mundo necesarios para estar al lado de alguien como su hermano. A su mamá, Beatriz, tampoco le hizo gracia, pero el capricho del niño ya estaba hecho.

Fue entonces cuando a Isabela se le prendió el foco y convenció a su mamá de pagarle a una clínica privada para falsificar unos análisis. Le hicieron creer a todos que Elena era estéril, esperando que, con eso, Diego por fin la mandara a volar.

Pero el muy terco se empeñó en quedarse con ella, al grado de llegar a suplicarles llorando que lo dejaran casarse.

A Isabela le dolía ver así a su hermano, pero los Romero no estaban dispuestos a dejar que cualquiera entrara legalmente a la familia. Así que ella armó el plan perfecto: le dejarían hacer su teatrito de la boda, pero el acta matrimonial sería falsa.

Diego aceptó el trato y toda la familia sostuvo aquella farsa. Elena no se enteró de nada, y durante años vivió arrastrándose para ganarse la aprobación de sus suegros.

Sin embargo, mientras más se desvivía por atenderlos, más asco les daba. Y ahora que a la muy cabrona se le había subido el orgullo y ya no quería servirlos, le caía todavía peor.

Después de todo, los Romero la habían mantenido durante cinco años. Le dieron una vida de lujos y comodidades que ni en sueños habría tenido. ¡Y la muy malagradecida ahora les pagaba así! ¡Malagradecida!

Desde su cuarto, Mateo seguía llorando desesperado, y con el llanto se le cerraba cada vez más la garganta. Ya tenía la cara toda roja. La niñera no lograba calmarlo de ninguna manera, y mucho menos conseguir que se tomara el jarabe.

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