Luego, empacó las cosas que eran suyas desde antes de casarse.
También guardó con mucho cuidado, en una caja sellada, los valiosos libros de medicina que le había dejado su abuelo.-
Antes de la boda, había usado sus ahorros para comprarse un departamento pequeño en la ciudad.
Llamó a una mudanza y, después de trasladar todo, por fin revisó su celular. Vio que Diego le había marcado dieciocho veces y le había dejado mensajes.
Diego le escribió en un mensaje: [La señora Ruiz me dijo que te vas de viaje. ¿Qué pasó? ¿No que no te gustaba salir? No manches, me quedo preocupado. Mejor espérame y yo te acompaño, ¿va?]
Elena leyó el texto con una sonrisa sarcástica.
Vaya cinismo el suyo: le alcanzaba el tiempo para cuidar a Adriana embarazada y todavía fingir que se preocupaba por ella.
Le daba miedo que Diego regresara de la nada y arruinara sus planes, así que se tragó el coraje y le contestó:
[El novio de Isabel le puso los cuernos. Anda fatal, se puso a tomar y terminó en el hospital. Me la voy a llevar unos días fuera para que despeje la cabeza.]
Diego le respondió de volada:
[Ah, ya veo. Eres súper buena amiga, mi amor. Pues acompáñala bien, y si necesitas lana, tú gasta sin pena. No te andes limitando, para eso me rompo el lomo trabajando, para darte lo mejor.]
Apenas terminó de leer el mensaje, le llegó una notificación del banco: le había transferido doscientos mil pesos.
Elena recordó que en los últimos tres años, siempre que él se iba de viaje por más de tres días, buscaba algún pretexto para mandarle dinero, siempre cantidades fuertes, mínimo cien mil pesos.
Ahora entendía que todo nacía de la culpa; intentaba comprar su perdón con dinero.
De repente, no se aguantó las ganas de preguntarle:
[Dime algo, ¿todos los hombres se aburren de lo mismo y buscan otra cosa? Diego, si algún día te cansas de mí, ¿también me vas a poner los cuernos?]
Pasaron tres minutos antes de que él respondiera.
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