Elena miró a su tía y le preguntó en voz baja:
—Tía, ¿de verdad vas a perdonar a mi tío? ¿Es por mi abuela?
La expresión de Carmen se apagó por un instante.
—No es solo por eso... En fin, mejor no hablemos de eso. Ve a ver si logras convencer a tu abuela.
Elena entró a la habitación y vio a la anciana acostada en la cama, dándole la espalda.
Se acercó y la llamó con tono dulce.
Tuvo que llamarla unas cinco veces hasta que la mujer por fin se sentó. Mitad enojada y mitad resentida, le reclamó:
—¿Te separaste de Diego a mis espaldas? ¿Te vas a divorciar? ¡Qué atrevimiento el tuyo! Una decisión tan grande y ni siquiera me avisas. ¿Acaso ya no te importo?
Elena se sentó a su lado y, al ver el cansancio en el rostro de su abuela, sintió que se le acababan las fuerzas.
—No, abuela. Solo tuvimos una pelea, no nos vamos a divorciar. De hecho, hoy nos contentamos. Él fue el que me trajo hasta aquí hace un momento.
La anciana la miró con desconfianza.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué no subió a saludarme?
Elena se apresuró a explicar:
—Tenía un compromiso de trabajo y se tuvo que ir. Pero mañana en la noche va a venir a cenar con nosotras, ¿sí?
Tuvo que jurárselo varias veces antes de que la anciana por fin aceptara sentarse a cenar.
Una vez que se aseguró de que su abuela comiera y se fuera a dormir, Elena se despidió de su tía y se marchó.
Pidió un taxi y regresó a su departamento.
Al entrar, se dejó caer en el sofá y se frotó las sienes, agotada.
Podía irse de la vida de Diego sin mirar atrás, pero le era imposible ignorar los sentimientos de su abuela.
¿Cómo iba a convencerla de que lo suyo no tenía salvación?
***
Al día siguiente, tras una intensa jornada en el laboratorio, Elena olvidó por completo el compromiso que tenía con Diego.
No fue hasta que su abuela le llamó para apurarla que se acordó y marcó el número de él.
Diego, convencido de que ella estaba usando la cena como pretexto para arreglar las cosas, le contestó con un tono mucho más amable de lo habitual.
—Elena, tengo una junta ahorita. Adelántate tú y yo llego a las ocho, en cuanto termine.
Elena respiró más tranquila al escucharlo.
—De acuerdo. Gracias.
—Entre nosotros no hay por qué dar las gracias.
Colgó la llamada, salió del laboratorio y se dirigió a casa de su tía.
Al saber que Diego iría, sus tíos prepararon una cena espectacular, y su abuela estaba de excelente humor.

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