Diego preguntó con preocupación:
—Bebé, estos días que saliste con tu amiga, ¿comiste bien?
Elena asintió sin darle mucha importancia.
Diego continuó:
—Me dijo el vicepresidente Montoya que planeas volver a trabajar la próxima semana. ¿Qué te hizo cambiar de idea de repente?
Elena inventó una excusa:
—Como no he podido quedar embarazada quedándome en casa, el doctor me recomendó cambiar de ambiente y distraerme un poco para no vivir tan ansiosa. Tal vez así por fin lo logremos.
Al escucharla, Diego soltó una carcajada:
—Bebé, aunque no tengamos hijos, yo te voy a amar igual. Si quieres cambiar de aires, está bien que vayas a trabajar. Le voy a avisar a los del departamento de investigación y desarrollo que te cuiden mucho y que no te den lata. Puedes tomarte el trabajo como un pasatiempo si quieres.
Elena sabía que él nunca había creído en su capacidad profesional ni pensaba que pudiera aportar algo a la empresa.
Para él, ella no era más que un adorno bonito, alguien a quien podía tener consentida en casa y volver a buscar cuando le apeteciera.
A Elena se le escapó una sonrisa cargada de ironía.
—Me parece perfecto, con que no te opongas a que trabaje es más que suficiente.
En ese momento, la voz de Adriana se escuchó a través de la bocina.
—Diego, ¿me ayudas a secarme el pelo?
La llamada se cortó de golpe.
Elena miró su celular con una expresión cargada de sarcasmo.
Vaya que no se despegaban ni un segundo.


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