Pero de inmediato descartó la idea.
Se habían hecho estudios antes de casarse y las probabilidades de que Elena quedara embarazada eran de menos del uno por ciento. Por eso mismo había decidido casarse con ella solo de palabra y con documentos falsos.
Sin embargo, al pensar que había ido sola al hospital a revisarse y se lo había ocultado para no preocuparlo, mientras él estaba ahí con Adriana, Diego sintió una fugaz culpa mezclada con ternura por Elena.
Le dijo a Adriana:
—El sábado me regreso a la casa para estar con Elena. Si no te gusta quedarte sola, vete a la casa de mi familia, a mi mamá le va a encantar cuidarte.
Desde que su madre, Beatriz, se enteró de que Adriana estaba embarazada, estaba feliz de la vida. Antes siempre le estaba dando lata con que se buscara a alguien para tener hijos, pero ahora ya lo había dejado en paz.
A Adriana no le hizo mucha gracia, pero sabía que, aunque Diego la consintiera, en el fondo seguía queriendo a Elena. No podía portarse muy odiosa con ella, o Diego iba a terminar hartándose de su actitud.
Haciendo un puchero, le rogó:
—Lo que tú digas, pero de verdad te voy a extrañar muchísimo. ¿No puedo irme a quedar contigo a tu casa?
Diego frunció el ceño.
Antes, cuando lo suyo con Adriana era puro juego, no pasaba nada si se la llevaba de repente, porque sabía que la chica no iba a abrir la boca de más.
Pero ahora las cosas habían cambiado. Desde que se casaron por el civil, Adriana se había vuelto más atrevida y encimosa. Le inquietaba que Elena empezara a sospechar por culpa de Adriana.
Adriana, adivinando sus pensamientos, se apresuró a prometerle:
—Te juro que no voy a dejar que Elena se entere de lo nuestro. Las otras veces que he ido, ni cuenta se ha dado, ¿a poco no?
Ante tanta insistencia, a Diego no le quedó de otra más que ceder.
***
El sábado por la tarde, Elena apenas acababa de enviar por paquetería dos bolsas de diseñador que había vendido, cuando vio entrar a Diego y Adriana jalando unas maletas.
Al verla, Adriana adoptó de inmediato esa expresión inocente que tan bien sabía fingir: —Hola, Elena. Ya vine de encajosa otra vez. Mis papás salieron de viaje de negocios y no me quería quedar sola. ¿Me darías chance de quedarme unos días con ustedes?
Esa era la misma excusa de siempre.



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