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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 62

Elena forzó una sonrisa.

—Sí, gracias, tía.

Adriana quería que Diego la acompañara a las aguas termales, pero él le dijo que se quedaría con Elena. Llena de rabia, Adriana se fue a un bar cercano.

Como no podía beber alcohol, pidió un jugo y se quedó viendo a la gente en la pista de baile, consumida por el aburrimiento. Si no se hubiera embarazado tan pronto, ahorita estaría bebiendo y bailando sin que nadie la limitara.

Cuanto más lo pensaba, más le ardía la frustración por dentro. Sacó su celular y le mandó un mensaje a Diego para exigirle que fuera a verla, pero él la dejó en visto. Aventó el teléfono a un lado por la frustración.

Un borracho que estaba cerca llevaba rato observándola. Al ver que estaba sola, se acercó con una sonrisa morbosa.

—¿Sola, hermosa? Qué aburrido tomar puro jugo, ¿te invito un trago?

Dicho eso, le puso la mano en el hombro.

Adriana vio su cara y sintió unas ganas horribles de vomitar. Trató de empujarlo, pero el tipo la jaló hacia él.

—¡Suéltame! —gritó furiosa.

El hombre la agarró con fuerza.

—El dueño de este bar es pariente mío, así que grita todo lo que quieras. ¡Acompáñame esta noche y te juro que la vas a pasar muy bien!

Obviamente Adriana no se iba a dejar, pero no tenía la fuerza suficiente para quitárselo de encima. Al ver que el tipo intentaba besarla, sacó su celular rápidamente y soltó:

—Hoy no puedo, de verdad. Pero si lo que quieres es compañía, puedo presentarte a mi hermana. Le gustan los hombres seguros de sí mismos, justo como tú.

Le enseñó una foto de Elena en su pantalla. En cuanto vio en la pantalla el rostro fino y atractivo de Elena, al hombre se le iluminó la mirada.

—Va, ¿dónde está? Háblale.

Adriana le contestó:

—Está en el hotel, ¿quieres que te lleve?

Elena la ignoró.

Adriana le mandó un segundo mensaje: [Si no vienes, le voy a contar a tu abuela lo mío con Diego. No quieres que le dé un infarto del coraje, ¿o sí?].

Apretando los dientes, Elena no tuvo más remedio que ir a donde le indicó. Sin embargo, no era ninguna tonta; se guardó un gas pimienta en la bolsa de la chamarra. Si Adriana intentaba alguna bajeza, tendría cómo defenderse. Sabía que Adriana esperaba un hijo, así que no se iba a arriesgar a un enfrentamiento físico.

Al llegar a la habitación 516, apenas tocó la puerta cuando se abrió desde adentro y una mano enorme la jaló hacia la oscuridad.

Antes de que pudiera gritar, el hombre le tapó la boca. El hedor agrio que desprendía aquel hombre la envolvió de golpe y le revolvió el estómago.

Enseguida se escuchó la voz de Adriana:

—¡Es mi hermana, quédate con ella! ¡No te va a dar problemas!

Cuando el tipo intentó desabotonarle la blusa, Elena sacó el gas pimienta y se lo vació directo en los ojos. El hombre soltó un grito de dolor y empezó a maldecirla mientras se tapaba la cara.

Elena no era una mujer indefensa. Desde la preparatoria había tenido que aprender a cuidarse de hombres con malas intenciones atraídos por su belleza. Le dio una patada con todas sus fuerzas en la entrepierna, agarró una figura de yeso que estaba en el buró y se la estrelló en la cabeza.

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