Elena forzó una sonrisa.
—Sí, gracias, tía.
Adriana quería que Diego la acompañara a las aguas termales, pero él le dijo que se quedaría con Elena. Llena de rabia, Adriana se fue a un bar cercano.
Como no podía beber alcohol, pidió un jugo y se quedó viendo a la gente en la pista de baile, consumida por el aburrimiento. Si no se hubiera embarazado tan pronto, ahorita estaría bebiendo y bailando sin que nadie la limitara.
Cuanto más lo pensaba, más le ardía la frustración por dentro. Sacó su celular y le mandó un mensaje a Diego para exigirle que fuera a verla, pero él la dejó en visto. Aventó el teléfono a un lado por la frustración.
Un borracho que estaba cerca llevaba rato observándola. Al ver que estaba sola, se acercó con una sonrisa morbosa.
—¿Sola, hermosa? Qué aburrido tomar puro jugo, ¿te invito un trago?
Dicho eso, le puso la mano en el hombro.
Adriana vio su cara y sintió unas ganas horribles de vomitar. Trató de empujarlo, pero el tipo la jaló hacia él.
—¡Suéltame! —gritó furiosa.
El hombre la agarró con fuerza.
—El dueño de este bar es pariente mío, así que grita todo lo que quieras. ¡Acompáñame esta noche y te juro que la vas a pasar muy bien!
Obviamente Adriana no se iba a dejar, pero no tenía la fuerza suficiente para quitárselo de encima. Al ver que el tipo intentaba besarla, sacó su celular rápidamente y soltó:
—Hoy no puedo, de verdad. Pero si lo que quieres es compañía, puedo presentarte a mi hermana. Le gustan los hombres seguros de sí mismos, justo como tú.
Le enseñó una foto de Elena en su pantalla. En cuanto vio en la pantalla el rostro fino y atractivo de Elena, al hombre se le iluminó la mirada.
—Va, ¿dónde está? Háblale.
Adriana le contestó:
—Está en el hotel, ¿quieres que te lleve?

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