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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 669

Esa noche, Elena pasó por el local de su tía.

Carmen la esperaba con una bolsa llena de lichis frescos, otra repleta de panecillos de calabaza y una sandía enorme.

Elena soltó una carcajada, sorprendida.

—¿Toda esta comida? ¿A qué se debe tanta celebración?

—Son regalos del dueño de la Panadería Artesanal de al lado —explicó su tía—. El otro día, su nieto estaba jugando en la calle y unos niños mayores empezaron a molestarlo. Lo empujaron y se lastimó el tobillo. ¡Pero mi Ariadna agarró una rama y espantó a los abusivos a palazos! Luego cargó al niño en la espalda hasta la panadería. El dueño estaba tan agradecido que nos mandó todo esto. Ya repartí entre mis empleados y aun así sobró bastante.

Elena miró a Ariadna con orgullo y le revolvió el cabello.

—Esa es mi niña. ¡Eres una valiente!

Ariadna sonrió, bajando la mirada con timidez.

—Pero todavía tienes el brazo en recuperación —notó Elena con preocupación—. ¿Cargar a ese niño no te lastimó?

Acostumbrada a cargar cajas pesadas en el local de su madre, Ariadna respondió inflando el pecho:

—El niño apenas tiene cinco años, no pesa nada. Podría cargarlo hasta con un solo brazo.

Últimamente, todo el barrio trataba a Ariadna como a una pequeña heroína. Los vecinos le regalaban dulces a cada rato, lo que la ponía bastante colorada de la vergüenza.

Por su parte, Carmen no veía ningún problema en que su hija se agarrara a golpes con un grupo de niños abusivos.

¿Quién dijo que las niñas debían ser frágiles y calladas? Esa actitud de no dejarse pisotear y pelear por lo justo le aseguraría que nadie le pasara por encima cuando fuera mayor.

Elena le pidió a Bruno que la ayudara a meter las bolsas al auto.

Antes de que se fueran, Carmen le entregó a Bruno una pequeña bolsa extra con fruta y panecillos.

—La última vez que mi exmarido vino a armar un escándalo, usted nos ayudó muchísimo. Tómelos en agradecimiento.

—No es nada, señora, es mi deber —agradeció Bruno con una sonrisa cortés.

Al llegar al apartamento, Elena le pidió a Bruno que guardara la sandía y los panecillos en el refrigerador, pero dejó los lichis sobre la mesa para comerlos más tarde.

La señora Salinas apareció desde la cocina y arqueó las cejas al ver la comida.

—¿Compró más fruta, señorita Elena?

—Me la regaló mi tía.

Aunque sentía compasión por ella, no estaba dispuesta a convertirse en su saco de boxeo emocional.

Rápidamente, tecleó su respuesta: Señora Ventura, tengo pareja estable y no tengo ninguna relación indebida con el señor Rómulo. Si vuelve a difamarme, tomaré acciones legales por daños a mi honor. Mujer no debería destruir a mujer. Si de verdad cree que su marido la engaña, el problema es de él, no mío. Aferrarse a un hombre así solo la hundirá más.

No hubo más respuestas.

Elena apagó la pantalla y suspiró. Si esa mujer no encontraba la fuerza para salvarse a sí misma y salir de un matrimonio que la estaba consumiendo en vida, nadie más podría hacerlo por ella.

***

Al día siguiente, por recomendación de unas amistades en común, Bianca logró concertar un café con la señora Ventura.

La mujer llegó al encuentro usando unos enormes lentes oscuros, un claro intento de esconder sus ojos hinchados por el llanto.

Aunque a Bianca le hervía la sangre al recordar cómo había humillado a Elena, sabía que necesitaba mantener la cabeza fría si quería llegar al fondo del asunto.

La señora Ventura, por su parte, no entendía por qué una figura tan prestigiosa como Bianca la había invitado a tomar algo.

Pero al escuchar que el tema de conversación era Elena, su expresión se tornó gélida.

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