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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 712

—Entonces yo misma te llevaré el almuerzo.

Elena rio, sintiendo una mezcla de ternura y diversión:

—Mamá, ya soy una mujer adulta, no soy una niña de primaria para que me lleves la lonchera al trabajo.

Bianca soltó un suspiro lleno de nostalgia:

—Hace poco tuve un sueño en el que Héctor y tú iban a la escuela. Soñé que los llevaba de la mano todas las mañanas y, al dejarlos, sentía que los extrañaba horrores. Pero cuando iba a recogerlos, mi corazón se llenaba de alegría.

Elena recordó su propia infancia, cuando miraba con envidia a los otros niños que eran recogidos por sus padres, mientras ella tenía que caminar sola a casa.

El destino había sido cruel, robándoles esos pequeños pero invaluables momentos.

Se inclinó y abrazó a Bianca con fuerza, sonriendo.

—Bueno, puedes llevarme la comida y recogerme de vez en cuando. Pero solo a veces, ¿eh? No quiero que te canses demasiado.

Bianca se iluminó.

—¿De verdad me dejas ir?

—Sí.

Al día siguiente, Bianca coordinó con una empresa de mudanzas para llevar todas sus cosas al departamento de enfrente.

Elena le avisó a la señora Salinas que se tomara unos días libres, ya que cenaría en casa de su mamá.

Esa noche, madre e hija se recostaron juntas en la misma cama, simplemente platicando.

Bianca quería saber absolutamente todo sobre la niñez de Elena.

Elena eligió cuidadosamente sus recuerdos, contándole anécdotas divertidas y omitiendo cualquier detalle que pudiera hacer sentir mal a su madre.

El martes por la noche, Alejandro regresó de su viaje de negocios.

Al enterarse de que Bianca se había mudado al departamento de enfrente, sugirió con una sonrisa:

—Si quieren, podemos comprar una casa mucho más grande para vivir todos juntos con más comodidad.

Pero Bianca negó con la cabeza.

—No, los recién casados necesitan su propio espacio. Ser vecinos es la distancia perfecta.

Aunque moría de ganas de ver a Elena a todas horas, entendía perfectamente que su hija ya era una mujer hecha y derecha, no una bebé que necesitara a su mamá pegada a ella. Debía respetar su independencia.

Ya tarde, Elena y Alejandro regresaron a su propio departamento.

Alejandro le había traído un regalo de su viaje: un hermoso Santa de cerámica que cantaba.

Elena soltó una carcajada.

—¿De verdad me vas a seguir consintiendo como si fuera una niña chiquita?

—¿No te gusta?

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