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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 724

Por miedo a que Leonardo se arrepintiera y le exigiera deshacerse del bebé una vez que él regresara al país, Liana esperó hasta que el niño nació sano y salvo para darle la noticia.

Desde entonces, Leonardo había mantenido una doble vida: en el país proyectaba la imagen del esposo perfecto y devoto, mientras utilizaba supuestos viajes de negocios al extranjero para visitar a Liana y a su hijo.

Ahora que Ofelia había muerto, Leonardo encontró consuelo en los tiernos brazos de Liana. Sintiéndose culpable por haberla mantenido oculta durante años, decidió que era el momento de integrarla a ella y a su hijo a la familia.

Al escuchar tal desfachatez, a la anciana Vargas se le nubló la vista no una, sino dos veces.

El funeral de su nuera acababa de celebrarse, ¡y su hijo ya quería meter a la amante y al hijo ilegítimo a la casa!

Era suficiente para matarla del coraje.

Sin dudarlo, reprendió a Leonardo a gritos y le dejó las cosas claras:

—Si quieres volver a casarte, no me opongo. Pero jamás permitiré que traigas a una amante a esta familia.

Leonardo, herido en su orgullo, le respondió sin tapujos:

—Mamá, mi hermano mayor y su esposa también empezaron como amantes y terminaron casándose, ¿no? Si ellos pudieron, ¿por qué yo no? Amaba profundamente a Ofelia, pero lo que siento por Liana también es amor verdadero. ¿Con qué derecho nos prohíbes casarnos?

Para la anciana Vargas, el error más grande de su vida había sido ser demasiado indulgente con su hijo mayor al permitir que Paloma entrara en la familia, lo que solo trajo caos y desgracias.

Esta Liana parecía ser aún más peligrosa, y no iba a permitir que la familia Vargas se hundiera en la decadencia por culpa de otro escándalo.

Furiosa, le lanzó una advertencia a su hijo:

—¡Si te quieres casar con Liana, entonces empaca tus cosas, vete con ella y no vuelvas a poner un pie en el Grupo Vargas!

Leonardo, negándose a ceder, siguió discutiendo a gritos.

Tras un acalorado intercambio de palabras, la anciana no soportó la presión y terminó desmayándose por el disgusto.

Mientras observaba el espectáculo, la señora Vargas se burlaba internamente de la difunta Ofelia.

¿No se jactaba siempre Ofelia de tener la vida perfecta?

—Tú no tienes ningún derecho a interferir en la vida de Elena. Además, ella es perfecta tal como es; no necesita cambiar absolutamente nada.

La señora Vargas le lanzó una mirada fulminante a su hijo.

En ese momento, la anciana Vargas alzó la voz.

—Paloma, ya es suficiente. Cuando te casaste y entraste a esta familia, ¿acaso te exigí algo así? Haces y deshaces en tu casa a tu antojo, ¿acaso alguna vez te he mirado con desprecio? Antes de exigirle a los demás, pregúntate si tú misma puedes cumplir con lo que pides.

Reprendida por su suegra en frente de todos, la señora Vargas sintió la sangre hervirle, pero no se atrevió a contestar.

Al recordar el pasado, tuvo que admitir que la anciana nunca le había hecho desplantes ni la había maltratado directamente.

Sin embargo, la actitud de la anciana hacia ella siempre había sido glacial. Jamás la defendía frente a los demás, y para ella, eso era una forma silenciosa de desprecio.

La vida matrimonial con la que siempre había soñado era una donde su suegra, su esposo y sus hijos la adoraran, no una donde la hicieran sentir como una carga.

Pero en esa casa, nadie cumplía con sus expectativas.

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