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Yo tomaré tu lugar romance Capítulo 10

Capítulo 10

Eso me quemó la sangre.

La empleada seguía hablando, inspeccionanpo como si fuera una inspectora policial.

—Eso no es de tu maldito interés —le dije, tratando de mantenerme firme.

—La señora Rebeca dijo que todo lo valioso debía estar bajo control—dijo con total descaro—. Voy a botar todo esto Mi mandíbula se tensó.

Ahí estaba. La prueba viva.

Rebeca no solo usurpaba el lugar de mi hermana...

también la despojaba de todo lo que alguna vez amó.

Y esta empleada...esta prepotente...esta que se cree dueña de todo...Era su mano derecha.

—Entonces era por ustedes... —susurré, con una sonrisa fría que me salió sola—.Por ustedes Melanie escondía sus cosas.

La empleada frunció el ceño.—¿Qué cosa haz dicho?

—Que Te dije que te largues!! La empleada se rió con descaro. —Usted no es nadie para darme órdenes. Yo solo sigo órdenes de la señora.

—Yo soy la señora —escupí.

La empleada soltó una risa seca. Una risa horrible, de esas que gotean veneno.

—¿Señora tú? —me señaló con el dedo, burlándose — Por favor... si tú ni para sombra sirves.

Me miró como si yo fuera una cucaracha arrastrándose por el piso.

—Mírate —chasqueó la lengua—. Flaca, mugrosa, despeinada... Eres un estorbo. Una carga. Una cosa puesta ahí. Ni los trapos viejos que uso para limpiar están tan jodidos como tú.

Cada palabra era un golpe. Pero ella no paró.

—La que manda aquí es la señora Rebeca en cambio tu eres... —hizo un gesto de asco—basura que Martin recogió por lástima. Se inclinó, mirándome de arriba abajo—. Hasta las ratas de la cocina dan más lástima que tú.

Sentí un fuego en el pecho.

Melanie sufría.

—¿Te crees muy valiente para decirme eso en mi cara? —avancé, lenta.

La empleada no retrocedió. Me escupió otra sonrisa venenosa.

—Te digo lo que eres —replicó—. Una inútil. —La señora Rebeca ha estado con él Señor Martin desde que eran niños. Ella dio la vida por él, le salvo la vida. Ella siempre fue la mujer ideal para él.

Me miró de arriba abajo, como evaluando basura.

—Pero tú... tú te metiste en medio. Le quitaste esa oportunidad.

Si tú no hubieras aparecido... la señora Rebeca sería hoy la verdadera señora Robles.

—Eres un estorbo, ¿sabes? Y si no fuera porque él tuvo la bondad de darte su apellido... estarías muerta de hambre en la calle. Pero la señora Rebeca... —sonrió con soberbia— Ella sí merece ser la esposa, merece estar aquí, merece ser la señora Robles.

Me tembló el párpado del coraje, esta cree que venimos de la calle como ella?!! WTF —¿Quién te crees tú para hablarme a mí así...

maldita muerta de hambre? —escupi.

Sus ojos se abrieron de furia.

—¡Maldita mocosa! —gritó—. Parece que nunca vas a aprender a respetar. A ti hay que enseñarte a golpes, igual que siempre. ¡Así aprendes! Y alzó la mano para golpearme Pero yo no era Melanie.

No esta vez.

No jamás.

Antes de que su mano rozara mi piel, le detuve la muñeca en el aire.

Un movimiento seco.

Preciso.

Los ojos de la empleada se abrieron de par en par.

—¿Q... qué haces? —balbuceó.

—¿TÚ?—continué—. ¿Tú, que duermes en un colchón que ni el perro de mi casa aceptaría? ¿Tú, que comes gracias al trabajo de mi familia, te atreves a mirarme por encima?

La sacudí del pelo tan fuerte que gritó.

—Quieres decirle a la perra de tu señora? Bien pero antes —le dije al oído, fría, inquebrantableVamos a poner las cosas claras de una vez.

La arrastré fuera de la habitación. Literalmente arrastrada. Sus rodillas raspaban la alfombra. Sus manos intentaban sujetarse a la pared.

Yo no aflojé ni un segundo.

Al llegar a las escaleras, ella forcejeó.

—¡Suéltame! ¡Melanie! ¡Estás loca! —gritaba.

Pero yo tiré de su cabello hacia abajo.

Escalón por escalón. Ella bajabaa rastras.

Gritando, suplicando, clavándose los codos en los bordes.

Los gritos atrajeron a los demás empleados.

Fueron apareciendo uno por uno, asomándose desde los pasillos, desde la cocina, desde la sala.

Se quedaron petrificados.

Porque para ellos, yo era Melanie.

La Melanie sumisa.

La Melanie llorona.

La Melanie que bajaba la cabeza incluso ante una mosca.

Pero no era ella Era yo.

Y mi mirada... esa mirada sí daba miedo.

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