Capítulo 11
Al pisar el último escalón, empujé a la mujer al suelo.
Cayó de bruces, llorando, sujetándose la cabeza.
Me quedé de pie frentea todos.
Allí estaban.
Los empleados que habían visto a mi hermana como un estropajo.
Los que se creían con derecho a insultarla.
Los que obedecían a Rebeca como si fuera una reina.
Sentí un fuego arderme en el pecho.
Mi padre...Si mi padre hubiera visto esto, los habría despedido a todos en ese mismo instante.
Y a Martin lo hubiera colgado de un árbol, de cabeza, hasta que se le caiga la soberbia.
Papá jamás permitió que nadie tocara a su esposa.
Jamás que alguien se metiera con sus hijas.
Nosotros éramos pétalos de rosa para el...
bellas, intocables, inamovibles, respetados.
Y esta gente... había convertido a mi hermana en un trapo.
Di un paso al frente.
Otro.
Otro.
Hasta quedar de cara a todos.
Mi voz salió firme.
Clara.
Cortante.
—Creo que ya es suficiente —dije—. Ya se han divertido demasiado, ¿no?
Se miraron entre ellos. Nerviosos. Temblando.
—Ahora me tocaa mí.
Silencio absoluto.
—¿Quiénes se creen ustedes para tratarme como si fuese un trapo? —miro a cada uno, uno por uno, clavando la mirada como un puñal—. ¿Saben de
qué familia vengo? ¿Saben quiénes son mis padres?¿Saben cuál es mi maldito linaje?
Nadie respondió.
—Ustedes —señalé con desprecio— unos muertos de hambre que apenas ganan un sueldo mínimo gracias a la empresa de mi familia... ¿se atreven a verme por encima?
Algunos bajaron la cabeza. Otros tragaron saliva.
La mujer tirada en el suelo gimió de dolor, mire hacia abajo y sin darme cuenta habia pisado su mano.
Con fuerza.
Gritó. Un grito agudo, doloroso, humillante.
Yo no me moví. No me inmuté. Solo di un paso más hacia adelante, erguida, respirando hondo, sintiendo la furia quemarme por dentro como una antorcha viva.
Y los miré a todos. A cada uno. Uno por uno.
—Escúchenme bien... —mi voz salió grave, controlada, pero afilada como una cuchilla—.
Porque ya estoy HARTA.
Todos se tensaron.
—Yo crecí en uno de los barrios más importantes de la ciudad —continué—. La familia Cruz tiene generaciones construyendo esta reputación. Mi tatarabuelo fundó la primera fábrica. Mi abuelo la levantó desde el barro. Mi padre la convirtió en la más poderosa del sector.
Di otro paso adelante. Nadie respiró.
—Estudié en el mejor colegio del país. Y sí, malditos ignorantes, fui a la universidad —alcé la voz—. A una real. No a esas instituciones de cartón donde ustedes estudian cursos de limpieza básica.
Varias miradas se desviaron al piso.
—Tengo una carrera. —Me di un ligero golpe en el pecho—. Soy una profesional.
Y gracias a MI familia, a MI apellido, a MI empresa...
USTEDES tienen un miserable sueldo.
Apreté los dientes.


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