Capítulo 12
—¡No le hagan caso! ¡Ella no tiene poder en la empresa! ¡No puede despedirnos! ¡No puede hacer nada! ¡Solo habla! Apenas terminó la frase...
PUM.
Le di una bofetada tan fuerte que la cabeza le giró y cayó otra vez al piso.
Un murmullo recorrió a los demás empleados.
Algunos retrocedieron. Otros se quedaron pálidos.
Sentí un dolor agudo recorrer mi mano, pero no me importó.
—Saben a nombre de quien esta en la empresa?...
—le dije, agachándome a su altura— De quien es el apellido? DE QUIEN ES EL APELLIDO QUE ESTA EN LA ENTRADA DIME!!! Nadie dijo nada —Las reglas van a cambiar —anuncié para todos—.
Y quien no las acepte... se va.
Señalé al empleado más tímido, el único que alguna vez me trató con algo parecido a respeto.
Él dio un pequeño salto al llamarlo —Tú —ordené—.Sigueme Él asintió, nervioso, temblando, pero obediente.
Mientras subíamos, pude sentirlo la casa entera había cambiado de dueña.
Por primera vez en AÑOS...
Melanie recuperaba un poco de su lugar.
Gracias a mí.
Y esto apenas comenzaba.
El chico me siguió hasta la habitación con pasos cortos, casi mudos.
Era pequeño, delgado, tímido... pero se veia cansado y dolor Mucho dolor.
Del mismo tipo que yo ya conocía.
De todos en esa maldita casa, él era el único que no me miraba con desprecio desde que llegue,
incluso me ofrecio amablemente un vaso de agua y las veces encerrada me traia comida.
Se quedó parado junto a la pared, rígido como soldado asustado.
Lo miré seria, cruzándome de brazos.
"Si Rebeca tiene a su verduga... yo también necesito uno." Me sente al borde de la cama y lo mire —¿Cómo te llamas?
Él tragó saliva antes de responder. —Santiago...
Señora.
El tono apenas era audible.
—Santiago —repetí con calma—, necesito saber algo importante. ¿Puedo confiar en ti?
Levantó apenas la cabeza —S—sí, señora... estoy para todo lo que usted diga.
Lo estudié unos segundos. Temblaba. Pero no retrocedía.
Perfecto.
—Necesito a alguien de confianza —continué—.
Alguien que no hable, que no traicione, que no tiemble cuando toque ensuciarse las manos. Si me traicionas... te destruire. Pero si eres leal... yo te sacaré del infierno en el que estés viviendo.
Él bajó la cabeza con un asentimiento rápido.
—Seré leal, señora. Lo prometo... lo juro.
—Bien. Empieza contándome TODO lo que ha pasado en esta casa desde que llegaste, desde tu perspectiva.
Santiago comenzó a hablar, y yo lo escuché en silencio, con el diario aún abierto sobre mis piernas.
Me contó que, cuando llegó hace tres meses a la casa, al principio pensó que Rebeca era la esposa...
y que yo era la amante.
Así la trataban, le hablaban, la obedecían.
Hasta que un día escuchó a los niños llamarme mamá.
Ahí todo dejó de tener sentido para él.
No entendía cómo la "esposa" podía ser tratada como basura, mientras la amante era servida como reina.


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