Capítulo 28
Me adelanté antes de que pudiera dejarme mal, sonreí con ternura —la misma ternura que usaba Rebeca para manipularlos....... asi que la abracé con afecto.
—Perdón por no estar tan presente... estos días han sido muy duros para mí, pero no quería dejar pasar una fecha tan importante para ustedes, de verdad, gracias por permitirme compartir este momento familiar.
La mujer se quedó tiesa, no esperaba cariño, esperaba pelea, no supo qué hacer con mis brazos rodeándola ni con la mirada de los invitados aprobando mi comportamiento.
Rebeca tensó los dedos sobre la copa.
Perfecto.
Yo seguí sonriendo.
—Traje un detalle para ustedes —dije ofreciendo la bolsa con los regalos más elegantes que encontré —, ojalá les guste, lo elegí pensando en ustedes.
Mi suegro, impresionado, abrió el paquete y por
primera vez en años su rostro mostró algo parecido a gratitud.
—Gracias, Melanie... esto es... inesperado.
—Quería hacer algo bonito—respondi con voz suave—, es lo menos que puedo hacer como esposa y como nuera.
La palabra esposa fue lanzada como una caricia...
pero dirigida directo a Rebeca, que apretó la mandíbula como si aquello la hubiera golpeado.
Y creo que mi queridísima suegra notó la tensión, porque se acercó a ella, a Rebeca, con todo el tono dulce y cariñoso de una madre... vieja arpía, eso explicaba el sinvergüenza de hijo que tenía.
—Rebeca, querida, estás preciosa esta noche, ese vestido rojo te queda espectacular, tienes un brillo... especial.
Rebeca sonrió dócil y agradecida, una sonrisa amplia, arrogante, clavada en mí como una declaración de guerra silenciosa, sabían exactamente lo que estaban haciendo.
Yo respiré profundo, ni un pestañeo, y sonreí con total calma.
—Sí —dije suavemente—, ese color te favorece, Rebeca, te resalta la... gran personalidad.
Ambas me miraron de una manera que gozaba, me despreciaban sin ninguna duda, y aun así me acerqué a Martín con la suavidad de quien sabe exactamente de dónde sacar la paciencia para no golpearlo.
—¿Amor? ¿Continuamos con la fiesta? —dije a lo alto mientras pasaba mi brazo por el suyo con una naturalidad que lo dejó rígido.
El murmullo del salón se activó, los invitados se enderezaron.
—Por favor—dije con calidez—, sigan disfrutando, la noche es joven.
Todo volvió a moverse, músicos retomando, copas chocando, conversaciones murmuradas, mientras Martín, aún helado por mi gesto, me apretaba ligeramente el brazo y murmuraba con los dientes apenas separados:
—¿Qué crees que estás haciendo?
Yo mantuve la vista al frente, mi sonrisa intacta —Cumpliendo con mi papel de esposa —respondí
con suavidad.


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