Capítulo 30
Martín se alejó para contestar la llamada, perfecto, el aire por fin era respirable y yo sostenía mi copa de champán mientras observaba el salón lleno de sonrisas falsas, trajes caros y conversaciones huecas, o al menos eso pensé... hasta que sentí ese perfume tan empalagoso que casi me provoca náuseas.....
Rebeca.................. la víbora vino pavoneándose como si pisara su propia alfombra roja y se me acercó tanto que su perfume barato intentando imitar uno caro prácticamente me envolvió, la muy desgraciada siempre se mueve como si fuera la dueña de todo.
—¿Y ahora qué? —solté, sin darle el gusto de verme incómoda.
Ella rió, una risa seca, áspera, como si se burlara de algo que yo aún no sabía.
—Así que este es tu nuevo look... —musitó, mirándome de arriba a abajo—. Qué linda al intentar copiarme.
Solté una risa, solo para que le arda.
—Pero aun así sigues siendo una copia barata mal hecha del supermercado —la ignoré—. ¿Crees que así llamarás la atención de Martín? ¿O quizás buscas algo más? Ahh, ya sé, quieres convertirte en señora de la casa —soltó una risa venenosa—.
—La verdad estás muy lejos de eso... y sí, quizás hayas crecido entre lujos y todas esas cosas, pero una cosa es tener dinero y otra tener clase... y ya sabemos lo que te falta, ¿no?
Bebí de mi copa en silencio, sin duda esta no se cansa.
—Lo admito, te ves decente —concedió, apretando los dientes—. Lástima que sigues siendo la misma harapienta de siempre. ¿Qué pasó? ¿Tuviste que arrastrarte para que Martín te diera dinero? —rió con burla—. Fue hermoso verte humillarte, y ese día arrastrándote por su perdón... deberías hacerlo más seguido, te queda.
Nada, no le respondí nada, y ver que no lograba sacarme ni una reacción hizo que su mandíbula temblara de frustración.
—No sé para qué te haces la fuerte —escupió—. Yo sé exactamente quién eres, la misma llorona ridícula de siempre —se inclinó más, casi rozando
mi rostro—, hace unos días estuvistea punto de montar un escándalo como niña malcriada, ¿qué cambió, ah? —rió con desprecio—.
Ni la miré. Mi silencio la devoraba más que cualquier insulto.
—Sé que te haces la fuerte —dijo con una risa suave y venenosa—, así que este es tu nuevo truco... claro, necesitas a Martín como sea, ahora que ya no tienes a nadie.
—Y claro—continuó con ese veneno refinado—, tus hijos menos te quieren, están dispuestos incluso a intercambiarte por un simple helado —levantó las cejas, victoriosa—, y lo entiendo, de verdad, tenerte como madre hasta a mí me daría ascofingió un suspiro compasivo—. Qué triste debes sentirte, ¿verdad?
—Ah, pero no te preocupes —sonrió como serpiente—, ellos conmigo son un amor, me dicen "mami", me abrazan, me cuentan sus cosas —rió con crueldad—, supongo quea veces la naturaleza sabe elegir... ¿no?
—Y Martín... bueno... —su sonrisa se ensanchó—, qué te cuento... si escucharas lo que me hace gritar, las noches espléndidas, cómo me toma en


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