Capítulo 31
Seguí hablando tranquila, como si le explicara algo obvio a una niña terca.
—¿Quieres saber por qué los niños te prefieren a ti?, es fácil, les cocinas, lavas, los llevas al colegio, los bañas, les haces la tarea, eres útil... ¿sabes por qué?, porque eres su niñera, me quitas carga, y eso sí te lo tengo que agradecer.
—Y bueno, con Martín... —continué sin dejarla hablar—, un hombre siempre tiene gustos, distracciones, necesidades, y tú sirves para eso, eres una mezcla de niñera, mascota y entretenimiento de vez en cuando.
El rostro de Rebeca se apretó... hermoso... pero enseguida volvió a ponerse su cara de víbora y sonrió filosa.
—¿En serio crees que me voy a creer tu actuación?
—se burló—, te duele, lo sé, cuando acabe esta fiesta vas a encerrarte a llorar en tu cuarto como siempre, eres tan predecible... tan estúpida como siempre.
—Sé que te arde vernos juntos... si nos escucharas por las noches... cómo nos comemos vivos... estoу
segura de que cuando él lo hacía contigo pensaba en mi.
—Yo que tú me desaparecería —continuó con esa sonrisa torcida—, ya no tienes nada aquí, tus hijos te odian, tu esposo siente asco, tus suegros te quieren fuera desde hace años, y nadie... NADIE...
se preocupa si vives o mueres.
—Es más —susurró, inclinándose a mi oído—, si te mueres hoy... tendré que contratar gente para que cargue tu cajón, porque nadie va a ir, así podrás reencontrarte con tus papitos muertos... y con tu hermanita, en el cielo... o en el maldito infierno.
Mi respiración se cortó de golpe y rápidamente la miré, di un paso hacia ella y Rebeca sonrió satisfecha porque había logrado lo que quería.
—No vuelvas a hablar de mi familia —dije fría, afilada—, conmigo di lo que quieras, me resbala, pero no hables de ellos, no te lo voy a permitir.
Rebeca soltó una risa lenta, triunfal.
—¿Y qué vas a hacer, Melanie? —me dijo—, ¿llorar?, ¿pegarme? —provocó—, hazlo, te juro que me encantaría, porque sabes lo que va a pasar, ¿verdad?, Martín te encierra otra vez, pero esta vez... para siempre, y yo voy a estar ahí, viendo
cómo te arruinan la vida mientras él me consuela en su cama.
Respiré hondo, despacito, me tragué las ganas de romperle la copa en la cara y me aparté un paso sin decir una palabra.
—Vaya... —rió con burla—, estás distinta, ¿dónde está la Melanie que gritaba como verdulera por "lo suyo"?, la que se arrastraba, ¿qué pasó?, ¿la caída a la piscina te descongeló el cerebro?
Me serví otra copa con la calma más falsa que he fingido en mi vida, tomé un sorbo sin mirarla, sin cederle nada.
—Así que este es tu nuevo truco... —dijo moviendo la copa entre los dedos—, quedarte calladita para que Martín no te odie más de lo que ya te odia, de verdad crees que callando vas a recuperar algo...
Giré para verla, ahora sí, frente a frente, mi mirada chocó con la suya y ella sonrió, cruel, segura, retorcida.
—¿Quieres que te recuerde quién manda aquí?— susurró—, ¿quieres ver a quién cree Martin...
siempre?

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