Capítulo 32
Rebeca se tensó de inmediato y yo lo noté al segundo, así que me adelanté antes de que él estallara.
—Pero cariño... —me apresuréa decir— no te enojes con ella, está atareada, está enferma, mírala... se ve agotada, no lo hizo a propósito, quiso que todo saliera perfecto.
Martín apretó la mandíbula y tragó saliva, seguía enojado, pero aun así sostuvo a Rebeca con firmeza y la ayudó a ponerse bien de pie frente a él.
—Si estabas enferma, mejor te hubieras quedado en cama—soltó con una voz dura que cortaba el aire—, sabes lo importante que era esto para mí, ¿no habíamos quedado en algo?
Rebeca lo miró asustada, con esos ojos de cachorro que siempre usa para manipularlo, y balbuceó entre sollozos:
—Ma... Martín... yo sé que querías que me encargara de eso... pero me distraje... lo siento tanto... yo solo quería que todo saliera bien para ti...
Tragó saliva, fingiendo que la voz se le rompía.
—Estaba nerviosa... no pensé bien... de verdad no fue a propósito... perdóname...
Se aferró un poco más a su brazo, temblando lo justo para parecer frágil, y acercó un poco la cabeza hacia él.
—No quise fallarte... de verdad... —susurró en voz baja, casi quebrada.
Por un segundo pareció que Martín se calmaba, su respiración bajó un poco, pero su expresión seguía tensa, como si algo dentro de él todavía no encajara y no terminara de creerle del todo.
Yo reforcé el golpe, así que me colgué de su brazo con suavidad, como si buscara tranquilidad en él, como si todo lo que estaba pasando también me afectara y solo quisiera apoyar a mi esposo.
—Amor... —murmuré—¿crees que podamos arreglar las cosas con los Pérez?, sabes lo meticuloso que es el señor Carlos con la comida de su hija, me preocupa que ahora esto te afecte en los negocios... no quiero que nada de lo que pase hoy te perjudique.
Él apretó los labios, mirando a un punto fijo, la
tensión regresó a su mirada mientras Rebeca le sostenía el otro brazo, lloriqueando, disculpándose, repitiendo que no era su intención, que fue un error, que no pensó que habría mariscos en ese plato, pero esta vez vi que el enojo no se le bajaba tan fácil.
—Será mejor que vayas a descansar —dijo al fin.
Rebeca abrió la boca, lista para señalarme, para intentar culparme de algo, lo vi en sus ojos, esa chispa de veneno que aparece cuando quiere hundirme, pero no se lo permití.
Tomé su brazo con un gesto "cariñoso" y me incliné un poco hacia ella.
—No te preocupes, mi amor —le dije a Martín con una pequeña sonrisa—, yo la llevo a su habitación...
y tranquilo... no armaré un escándalo, sabes que eso tampoco me conviene, ¿verdad?
Martín nos miró a las dos, aún con duda, aún molesto, pero al final asintió, no del todo convencido.
—Está bien —murmuró.
Yo mantuve la sonrisa, elegante y calmada, y empecé a avanzar con Rebeca fuera del salón,
alejándola de los invitados, de la música y de él.
—¿En serio piensas que así tendrás su atención? — escupió—, la de él y la de los niños, yo soy mejor en la cama con él que tú, los niños me llaman a mí, para la tarea, para que los recoja, para pasar tiempo con ellos, me ven como su mamá, tú eres su estorbo.
Me giré despacio, sonriendo.
—No sabía que acostarse con el hombre de otra era algo para sentirse orgullosa —murmuré—, al contrario... te hace ver como una desesperada.
Vi cómo apretó los puños, temblando de la rabia.
—¿Y tú la madre? Por favor... —bufé con desprecio —. Claro que te quieren, Rebe, y eso está perfecto... te lo dije, me estás haciendo un favor — di la vuelta, ligera—, después de todo, eres su niñera.
Esa palabra le cayó como un bofetón y la dejó rígida, abrí la puerta pero me giré y me apoyé en el marco con una sonrisa enorme.
—Descansa, querida... acuérdate que estás mal del estómago.
Ella frunció el ceño, roja de la furia.
—Y lo más gracioso —continué, riendo— es que ni siquiera lo estás, todo para llamar su atención y culparme, parece que mi vida gira a tu alrededor.
La observé un segundo, estaba hirviendo por dentro.
——Pero ya te dije... si sigues usando tus trucos los voy a voltear a mi favor, mira quién lo diría... posiblemente la alumna supere a la maestra.
Sonreí de lado y salí, dejando que la puerta se cerrara en su cara, y mientras dejaba atrás su respiración rabiosa, cerré la puerta con suavidad, casi con cariño, como si encerrara a un animalito fuera de control, luego me quedé quieta en medio de las escaleras mirando la fiesta desde arriba.

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