Capítulo 33
Todo el mundo estaba metido en su propio universo, Martín conversaba con unos hombres trajeados, serio, elegante, ocultando esa tensión que solo yo sabía leerle, mis suegros estaban en una esquina dando órdenes con la mirada como siempre y los invitados... bueno, se notaba a kilómetros que algo no les gustaba Qué desastre Empece a bajar un escalón, luego otro, lenta, segura, recta, cada paso haciendo sonar mis tacones.
Cuando llegué al último escalón escuché los murmullos molestos de algunas señoras y entendí lo que observaban, miré alrededor y vi la decoración con más detalle, manteles rojos, rosas rojas, luces demasiado brillantes... y en el centro del salón una bola discotequera girando, tirando luces rojas por todas partes.
—Ay, qué naca... —susurré sin poder evitarlo.
Al mirar con más detalle el lugar entendí que el desastre era peor de lo que imaginé, luces que parecían de Navidad colgando en la baranda de la
escalera, todo casi rojo como si fuese un burdel y ese champán barato que sabía a plástico, ridículo, una vergüenza absoluta.
Así que, sin perder tiempo, me acerqué a los empleados.
—Quiten todas esas luces—ordené, señalando la escalera—, ¿quién pone luces navideñas en una fiesta de aniversario formal?, esas flores también, todas, cambien los manteles, quiero blanco, limpio, elegante, y el champán... tráiganme el que está reservado en la cava... ah, y esa esfera que gira...
—negué con la cabeza— quítenla ya, esto no es una discoteса.
Los empleados, confundidos, empezaron a moverse, varios ya estaban retirando lo que yo había indicado cuando escuché pasos molestos acercándose, era Yolanda.
—¿Qué cree que está haciendo? —me ladró indignada, como si fuera dueña de la casa.
La miré con absoluto desprecio, no respondí, no la consideraba lo suficientemente relevante como para gastar saliva, me di media vuelta y seguí supervisando los arreglos, pero la muy torpe, al ver que yo no reaccionaba, corrió a contradecirme.
—¡Vuelvana poner todo como estaba! —gritó a los empleados—, ¡la señora Rebeca escogió cada detalle bajo órdenes del señor Martín! Los empleados dudaron —¿Qué están haciendo? —pregunté enojada—, ya les di una orden!! Yolanda se cruzó de brazos.
—Usted no es nadie aquí, la señora Rebeса organizó todo, usted no tiene autoridad.
Respiré hondo para no reírme, porque la ignorancia de algunas personas es realmente atrevida, y justo entonces escuché la voz de Martín aparecer detrás de nosotros.
—¿Qué está pasando aquí?
Todos se tensaron, y Yolanda, que jamás pierde la oportunidad de quedar bien, corrió a hablar primero.
—Señor Martín, esta tipa está cambiando todo lo que preparó la señora Rebeca, está desarmando la decoración, mire, hasta quitó las luces que la señora escogió, los manteles, los arreglos... ¡todo! Martín me miró serio y estaba a punto de hablar
cuando un hombre mayor, elegante, se acercó con entusiasmo.
—¡Martín! —el hombre le estrechó la mano con energía—, hermosa fiesta, hermano, menos mal cambiaron esas luces de la escalera, pensé que me daría una convulsión.
Soltó una risa.
—Y el champán... ¡por fin algo que no arde!, quien haya tomado esa decisión merece un premio.
Yo incliné la cabeza con una sonrisa impecable y el hombre continuó:
—De verdad, qué gusto ver que tu esposa esté pendiente de estos detalles, una mujer así levanta cualquier evento.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Yo tomaré tu lugar