Capítulo 40
—Todos sabemos lo que pasó... el collar no estaba contigo, lo encontraron en otro lado, el asunto está resuelto, no hagas más dramas.
—¿Es encerio? —susurro con una sonrisa rota—, cuando pensaron que era yo no les importó eso —Basta —responde—, está resuelto... no voy a discutir más este tema delante de los niños... no me provoques, Melanie...
Me dan ganas de escupirle en la cara que el que se ve mal es él, no yo... que la que tiene la fama de loca gracias a ellos soy yo...
Se da la vuelta sin esperar respuesta, y la rabia me sube desde el estómago hasta la cara, caliente y espesa, se me clava en la garganta, aprieto los puños sobre las piernas hasta que las uñas se me hunden en la piel, las manos me tiemblan, pero no les voy a dar el gusto de verme perder el control otra vez...
Martín avanza por el pasillo, largo y firme, como si todo lo que acaba de pasar fuera simple...
Los niños pasan frente a mí, Nicolás me mira de
arriba abajo con ese gesto frío que aprendió de él.
—Siempre haces lo mismo... —murmura bajito, solo para que yo lo escuche—, exageras todo, por eso papá ya no te aguanta...
Catalina lo sigue, se queda mirándome un segundo con los ojos grandes, asustada y confundida, pero igual suelta el dardo.
—Solo sabes llorar... —susurra—, por eso Rebeca es mejor...
Se van sin esperar mi respuesta...
—Rebe... —dice Nicolás pegándose a su brazo—, ¿puedes hacernos algo de comer?, tengo hambre...
Catalina se agarra de su bata, casi colgándose.
—Haznos tus pancakes... —pide—, los que nos hiciste la otra vez, esos son riquisimos...
La cara de Rebeca se ilumina en un segundo, como si le acabaran de regalar el mundo, pone esa sonrisa enorme y dulce de buena mujer, de casi mamá.
—Claro que sí, mis amores —dice acariciándoles el cabello—, vamos a la cocina, yo misma les voy a preparar algo rico, ustedes se merecen todo...
יraC Nicolás sonríe, Catalina también, se pegan a ella como si fueran suyos, y cuando Rebeca da un paso para avanzar gira apenas la cabeza hacia mí...
Y ahí está... la sonrisa, pequeña, limpia, victoriosa...
Una sonrisa de triunfo.
Entré a la habitación casi tirando la puerta, el corazón me iba a mil, sentía la cara ardiendo y las manos todavía temblaban el recuerdo de la puta cafetería... esta vez no fue suficiente, esta vez Rebeca lo hizo quedar como un pobre hombre atrapado y él cayó, otra vez, como el infeliz que era El truco no bastó.
¿qué hace esa víbora para tenerlo así, tan a su merced, tan listo para elegirla a ella incluso cuando la que termina con la cara marcada soy yo?


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