Capítulo 42
Soltó una risa corta.
—¿De qué hablas?
—Le di la orden de que se bajara la falda —dije como si fuera un chisme cualquiera—, y no lo hizo...
al contrario, se la subió, y como a Martín le encanta cómo deja su estudio, ahora entra más seguido a "limpiar"... para llamar su atención... y vaya que lo está logrando...
En ese momento, como si el universo hubiera entendido el guion, la puerta de la oficina de Martín se abrió y las dos miramos hacia abajo al mismo tiempo.
La mocosa salió.
La falda estaba aún más arriba que antes, el escote más marcado, el rostro con un leve color en las mejillas, mordió el labio mientras acomodaba el trapeador, se inclinó para dejar algo en el piso y la tela se le subió un poco más.
Rebeca la siguió con la mirada, seria, y yo me fijé en la forma en que apretó la baranda.
—Mira —susurré—, ni quince minutos limpiando... y ya parece que se sabe bien el camino...
No dijo nada.
La empleada se movió hacia otro rincón del primer piso y empezó a limpiar un mueble, se agachó y se le marcó todo, el uniforme le quedaba como un vestido de fiesta barato.
—Está en la edad perfecta —añadí tranquila—, la inocencia de una adolescente... lo suficiente mujer para que les guste mirarla...
Rebeca respiró más fuerte.
—No me vengas con estupideces —dijo al fin—, Martín no se va a fijar en una cualquiera...
Seguí mirando hacia abajo y recordé lo que dijeron aquellas señoras en la fiesta, lo que pasó con la hija de Mónica, la familia Valderrama .... el escándalo, la rabieta de celos que le hizo a Martín, es obvio que no puede controlarlos....
—No me sorprendería que en un par de meses logre su objetivo —murmuré—, si Martín ya me engañó contigo... ¿qué podría esperar de una más?
Ella se giró hacia mí, furiosa.
—No me metas en lo mismo que esa mocosa — escupió—, yo soy otra cosa...
—Claro—asentí—, por eso está usando los mismos trucos que usaste tú cuando llegaste... solo que ahora alguien más los aprendió mirando.
Volvió a mirar a la empleada y la niña se agachó otra vez para limpiar debajo de una mesa, la falda subió, los puños de Rebeca se cerraron, yo lo vi... y sonrei.
—Ya sabes cómo son los hombres con chicas de su edad, como ella —seguí con la voz suave, como quien recuerda algo viejo—, igual que tú, entra como empleada... y después como algo más.
No la miré, dejé que cada palabra se le clavara sola.
—A mí no me molesta —añadí, encogiéndome de hombros—, ya estoy acostumbrada a las amantes de Martín.
Me separé de la baranda, sus ojos seguían clavados en la mocosa.
—Como te dije —rematé, levantando otra vez el dedo con el anillo—, yo soy la esposa... yo voy a estar aquí... tú eres la reemplazable.
No esperé respuesta y caminé hacia la habitación, antes de entrar la oí gruñir, la víbora acababa de olfatear a otra más pequeña, y yo solo tuve que recordar que Martín siempre tiene espacio para una amante nueva.


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