Capítulo 43
Entré a mi habitación con una ligereza rara, casi dulce, cerré la puerta y me dejé caer sobre la cama... ahora faltan dos, dos más y el círculo de Rebeca empieza a desmoronarse, Claudio ya me dijo que sus hombres están listos y esperando, así que debo actuar ya, no puedo seguir perdiendo tiempo.
Estaba ordenando en la cabeza qué hacer con las otras dos cuando otra vez los gritos subieron desde abajo... distintos... de pelea.
Salí al pasillo rápido, pero caminé lento los últimos pasos hasta el balcón del segundo piso, me apoyé en la baranda y miré hacia la sala.
Solo ellos dos.
Los empleados ya se habían ido a dormir, la casa estaba casi a oscuras, solo la luz de la sala encendida... Rebeca y Martín.
Él acababa de llegar, con el saco medio colgado del brazo, la corbata floja, la cara cansada y tensa...
ella, completamente descompuesta.
—¡Te estoy diciendo que la vi! —gritaba Rebeca, fuera de sí—, ¡salió de tu estudio acomodándose la falda como una cualquiera! Él se sirvió un trago como si no la oyera.
—Ya te lo expliqué —dijo con el tono bajo, controlado—, entró a limpiar, nada más, tú misma ordenaste que se encargue de mis cosas...
—No me hables como si fuera idiota —soltó ella, dando un paso—, ¿tú crees que no sé reconocer cuando una mujer sale de un cuarto vestida como una cualquiera?, ¿crees que no sé leer un puto escote?
—Estás exagerando, Rebeca...
—¿La estás defendiendo? —chilló—, no puedes negarlo... ¡la estás defendiendo! Martín apretó la mandíbula...
—Ya te expliqué que entró a limpiar y no pasó nada, deja el maldito drama —le alza la voz.
—¡No me mientas! —grita ella—, mírame a la cara y dime que no la viste, que ni siquiera te fijaste en ella.
Martín guarda silencio un momento, abre la boca.
—No... —empieza, pero los ojos se le van un segundo al costado.
Rebeca lo nota, yo también, y en ese segundo la cara se le cambia de golpe.
—La viste —susurra, helada—, la viste...
Él chasquea la lengua, cansado.
—¿Sabes qué? Sí, la vi —suelta de golpe—, ¿contenta? Sí, la miré, ¿ya está? ¡Deja el maldito drama! El silencio dura un segundo... y entonces explota.
—¡Eres un cerdo! —chilla—, jun enfermo! ¡No te basta con tu esposa y conmigo, ahora también una mocosa! Se lanza hacia él con las manos por delante, como si fuera a arañarle la cara, pero Martín la detiene a medio camino y le agarra las muñecas con fuerza.
—¡Ya, cálmate! —gruñe—, ¿qué te pasa?, ¿por qué te portas así?
Ella forcejea, fuera de sí.
—¡Suéltame! —escupe—, ¡no me hables como si yo fuera la loca aquí, el que mira niñas eres tú! Él la sacude apenas, lo justo para que pare.
—¿Puedes controlarte de una vez? —revienta por fin—, ya me hiciste pasar un maldito momento en el club el otro día... perdí un contrato importantísimo por tu culpa, por tu escena estúpida, por tus celos, ¿puedes controlarte?


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