C106-HAY UNA OPCIÓN
La luz del sol se colaba por la ventana del cuarto infantil, dibujando líneas doradas sobre el rostro de Savanna. Había dormido en la mecedora toda la noche, con la fotografía de Ian aún apretada contra su pecho y el cuerpo protestando por la posición incómoda.
Entonces el teléfono comenzó a sonar.
Savanna se despertó con un sobresalto, desorientada y adolorida. El cuello le dolía como si alguien le hubiera clavado agujas en los músculos, la espalda baja ardía con ese dolor constante que había sido su compañero durante el último mes de embarazo.
—Ya voy, ya voy —murmuró, buscando el teléfono con los ojos aún medio cerrados.
Pero antes de poder alcanzarlo, su hija decidió recordarle su presencia con una patada directa a la vejiga. Savanna hizo una mueca, hablándole a su vientre mientras intentaba ponerse de pie.
—Mi amor, si no salimos de aquí en dos segundos, se nos va a explotar la vejiga a ambas.
Se levantó con la gracia de una ballena varada, sosteniéndose de los brazos de la mecedora mientras su cuerpo protestaba cada movimiento.
Caminar ya era una odisea.
Respirar sin sentir presión en las costillas era un milagro.
Y el teléfono seguía sonando.
—¡Ya voy! —gritó al aparato, como si pudiera escucharla.
Llegó al baño a tiempo, con el alivio inundándola mientras el teléfono continuaba su sinfonía insistente desde la habitación. Cuando finalmente terminó y pudo lavarse las manos, caminó de vuelta con pasos lentos y cuidadosos.
Tomó el teléfono. Era Jodie.
—Buenos días, Jodie —dijo, con la voz aún ronca por el sueño.
Del otro lado, su amiga estaba nerviosa.
Savanna podía escucharlo en la forma en que respiraba, en el silencio que precedió a sus palabras.
No quería preocuparla, pero algo había pasado. Algo grave.
—Sav, hay problemas.
El corazón de Savanna se aceleró. Se sentó en el borde de la cama, con una mano sobre su vientre como si pudiera proteger a su bebé de lo que estaba por venir.
—¿Qué pasó?
Jodie cerró los ojos al otro lado de la línea, maldiciendo a la vida por complicársela a su amiga cuando más vulnerable estaba.
—Hubo un incendio en la planta de investigación de Nueva Jersey. Uno de los laboratorios, hay empleados atrapados.
Savanna se puso de pie de golpe, ignorando el mareo que la golpeó como una ola.
—¿Qué? ¿Cómo pasó?
—No lo sabemos. Los bomberos ya están allí. Pero los daños son graves. Y la prensa ya está hablando de negligencia —Jodie hizo una pausa, dejando que las palabras se asentaran—. Savanna, si esto sale mal... Arthur va a usar esto para pedir tu renuncia.
—Voy para allá —dijo Savanna, con una determinación que contradecía su estado físico.
Se vistió con lo primero que encontró, un vestido negro de maternidad y zapatos bajos que no la matarían después de estar de pie durante horas. Cada movimiento era calculado, cada paso medido. Incluso su hija parecía sentir la urgencia y se movía inquieta dentro de ella.
—Tranquila, mi amor —susurró, acariciando su vientre mientras tomaba las llaves del auto—. Todo va a estar bien.



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