C122: VERDADES Y VALENTÍA
El Maybach se deslizaba por las calles de Manhattan con una suavidad que contrastaba con la tensión que llenaba el interior. Savanna miraba por la ventana, viendo la ciudad pasar como un borrón de edificios y personas. Ian estaba a su lado, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, pero el silencio entre ellos era tan denso que parecía una pared de concreto.
Finalmente, Savanna no pudo soportarlo más.
—Matías es mi amigo, Ian. Y tengo todo el derecho a comer con amigos.
Él se giró para mirarla, con una expresión que era imposible de descifrar.
—Lo sé.
Savanna parpadeó, sorprendida por la respuesta.
—¿Lo sabes? Entonces, ¿por qué fuiste a hacer una escena?
Ian guardó silencio un momento, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras, cuando habló, su voz era más suave de lo que ella esperaba.
—Porque estás enojada, Savanna. Y las mujeres enojadas...
—¿Qué? —lo interrumpió ella, sintiendo la rabia burbujeando de nuevo—. ¿Temes que me fije en él? Por favor. Pensé que tenías más personalidad. No... que...
—No tengo miedo de que te fijes en él —la interrumpió Ian, con su excesiva seguridad—. Sé que estás furiosa y probablemente quieres mis bolas en una bandeja. Lo que no quiero es tener que joderlo a él. ¿Entiendes? Eres hermosa, profesional, una mujer con cerebro. Por supuesto que llamas la atención. En pocas palabras, confío en ti... no en ellos.
Savanna se quedó sin palabras.
Por un momento, solo pudo mirarlo, procesando lo que acababa de decir. Nadie le había dicho algo así antes, nadie había confiado en ella de esa manera mientras reconocía que otros hombres la deseaban.
Ian sonrió, y sin pensarlo, tomó su mano.
El contacto fue cálido, reconfortante, y Savanna tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no entrelazar sus dedos con los de él.
—Además, lo de los guardaespaldas sí es por seguridad. Nada más. Solo me dijeron que saliste al Morazar con un hombre y... tenía que saber quién era.
Savanna sintió su corazón acelerándose. Odiaba que pudiera afectarla de esa manera, odiaba que sus palabras la derritieran cuando debería estar furiosa.
—No te la voy a poner fácil, ¿lo sabes, no?
Ian sonrió, desarmándola como siempre.
—Estoy listo para pagar el precio. Siempre que...
Se inclinó hacia ella, acercándose como si buscara sus labios, pero Savanna se apartó instintivamente, aunque podía sentir el calor trepando por su cuello.
—...tú seas la recompensa —terminó él, con una voz que era pura seducción.
Con el corazón a mil, Savanna apartó su mano, necesitando distancia antes de hacer algo estúpido.
Como besarlo.
Entonces recordó el cuadro en la sala. La imagen gigante de ella que dominaba el espacio como si fuera la Mona Lisa.
—Eres un pervertido —acusó—. ¿Qué hacías cuando me mirabas en el cuadro del salón?
Ian no dijo nada por un momento.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!