C125- EL PODER DE LOS DEVERAUX
DOS DÍAS DESPUÉS...
El sol de la tarde se filtraba entre los rascacielos de Manhattan y por primera vez en semanas, a Jodie no le pareció hostil. Caminaba a paso firme hacia la comisaría del distrito 17, sintiendo el roce de la tarjeta de la detective Mitchell contra la palma de su mano, guardada a buen recaudo en el bolsillo de su abrigo. Aquel trozo de cartón era su ancla, la prueba tangible de que su voz tenía peso y de que el nombre de Elias Deveraux ya no era un secreto que la devoraba por dentro.
Mientras subía las escaleras de piedra del edificio, el aire fresco de la calle dio paso al olor rancio a café recalentado, desinfectante barato y papel viejo que caracterizaba el vestíbulo, un ambiente asfixiante que paradójicamente la hizo sentir a salvo.
Al cruzar las puertas batientes, el bullicio habitual de teléfonos sonando y radios policiales crepitando la envolvió como un manto conocido. Jodie se acercó al mostrador de recepción, donde un oficial maduro tecleaba con desgano en una computadora. Con una sonrisa ligera, se aclaró la garganta para llamar su atención.
—Buenas tardes. Vengo a traer una información adicional para mi caso. Mi nombre es Jodie Brennan —dijo, y pronunciar su propio apellido en ese lugar la llenó de un orgullo limpio, casi eléctrico.
El policía ni siquiera levantó la vista de inmediato; continuó golpeando el teclado con la yema de los dedos antes de arrastrar el ratón con un suspiro cansado. Cuando finalmente la miró, sus ojos opacos reflejaron la indiferencia de quien ha visto pasar demasiadas tragedias humanas en un solo turno.
—Deme un segundo, Brennan —respondió él—. ¿Qué tipo de caso es?
—Agresión sexual y extorsión —respondió Jodie en un susurro, sintiendo que el aire de la sala de pronto se volvía un poco más denso y frío—. Lo presenté hace dos días. Me atendió la detective Sarah Mitchell, de la Unidad de Víctimas Especiales. Ella me dijo que...
Las palabras se congelaron en su garganta cuando el oficial comenzó a mover la cabeza de un lado a otro, frotándose la sien con el dorso de la mano. Los segundos comenzaron a estirarse, volviéndose pesados.
—Aquí no hay nada, señorita —sentenció el hombre, apartando las manos del teclado y recostándose en su silla giratoria—. He buscado por su apellido, por fechas y por el turno de la tarde y... el sistema no registra ninguna denuncia bajo el nombre de Jodie Brennan.
Un zumbido agudo comenzó a perforar los oídos de Jodie.
—Eso es imposible —replicó ella, y su propia voz le sonó extraña, como si viniera desde el fondo de un pozo—. Estuve aquí horas. La detective Mitchell tomó notas, me dio su tarjeta... Por favor, revise bien. Elias Deveraux es el denunciado. Es un caso grave.


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