C126-RUPTURA INEVITABLE
El trayecto en el metro de regreso fue un borrón de luces subterráneas y rostros anónimos que se desdibujaban ante los ojos empañados de Jodie. Sentada en el asiento de plástico, el traqueteo del vagón vibraba en sus huesos, amplificando el vacío que le había dejado la comisaría.
La tarjeta de la detective Mitchell seguía oculta en su abrigo, reducida a un trozo de papel inservible, la prueba de que el mundo que ella creía regido por normas se doblaba ante el peso de un apellido importante.
Al bajar en su estación, el aire de la noche neoyorquina la recibió con un frío húmedo que le caló hasta los pensamientos. Cada paso hacia el edificio de Braxton se sentía como caminar hacia un paredón de fusilamiento emocional; arrastraba la culpa de guardar un secreto podrido y el pánico de saber que, si hablaba, la maquinaria que había borrado su denuncia penal podría aplastarlos a ambos.
Cuando introdujo la llave en la cerradura, el chasquido del metal resonó en el pasillo silencioso. Empujó la puerta y el aroma a romero, mantequilla tostada y carne asada la golpeó de lleno, la sala estaba sumida en una penumbra suave, rota únicamente por el parpadeo dorado de tres velas gruesas que se derretían sobre la mesa del comedor.
Había dos copas servidas —una con un vino tinto espeso y otra con agua mineral y una rodaja de limón— junto a una vajilla que Braxton solo sacaba en ocasiones especiales.
Él salió de la cocina con un paño de cocina entre las manos, descalzo y con las mangas de la camisa gris enrolladas hasta los antebrazos. Al verla, una luz cálida y genuina le encendió la mirada, desarmando por un segundo la tensión de sus hombros.
—Llegaste —dijo, y su voz, baja y sensual sonó como un refugio en el que Jodie ya no sentía derecho a entrar—. Pensé que el tráfico te había atrapado, nena. Hice el filete como te gusta, sin prisa.
Jodie forzó los músculos de la cara para devolverle el gesto, tensando las comisuras en una mueca rígida que pretendía ser una sonrisa. Fue un intento torpe, una máscara agrietada que Braxton interceptó antes de que ella pudiera colgar el abrigo. El brillo en los ojos de él se atenuó, siendo reemplazado por una sombra de desconcierto.
Sentarse a la mesa fue un ejercicio de tortura psicológica.
Braxton cortaba la carne con movimientos pausados, intentando mantener una conversación ligera sobre los pendientes de la oficina, pero las palabras caían en el vacío de un silencio denso, pesado, interrumpido solo por el tintineo metálico de los cubiertos. Jodie apenas removía la comida en el plato; el estómago se le había cerrado desde que abandonó el distrito 17.
De pronto, el roce cálido de los dedos de Braxton sobre el dorso de su mano la hizo sobresaltarse. Él había estirado el brazo por encima de la mesa, buscando su contacto con una timidez que a Jodie le dolió en el centro del pecho. Por puro instinto de preservación —el recuerdo del chantaje de Elias, de las fotos que amenazaban con destruir la mirada limpia con la que Braxton la observaba—, ella retiró la mano, escondiéndola debajo de la mesa como si hubiera tocado una superficie hirviendo.
Braxton lo notó y dejó caer los cubiertos sobre la loza con un golpe seco. La frustración, contenida durante días de evasivas y llamadas no devueltas, comenzó a brotar en el ambiente, alterando el ritmo de su respiración. Así que se inclinó hacia adelante, intentando buscar sus ojos, que permanecían fijos en el mantel.
—Jodie... ¿qué está pasando? Llevas días así. Distante. Fría. Siento que toco una pared cada vez que me acerco a ti. ¿Qué hice mal? Dime qué cambiar, nena.
Ella apretó las manos debajo de la mesa, clavándose las uñas en las palmas para no flaquear. El impulso de lanzarse a sus brazos y confesarle la verdad —gritarle que Elias la había violado, que la tenía amenazada con su intimidad expuesta, que la policía la había echado a la calle— la sacudió con la fuerza de un terremoto interno.
Pero el miedo a ver el asco en su rostro, o peor aún, a que Braxton cometiera una locura contra los Deveraux y terminara destruido por el poder de esa familia, le taponó la garganta.
El silencio se prolongó hasta volverse insoportable.
—Nada —mintió, sosteniendo la mirada un segundo antes de que la culpa la obligara a bajar la cabeza—. Solo estoy cansada, Braxton. El trabajo, los informes... es solo eso.


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