C136- SOY TUYO... Y TU ERES MÍA
Savanna respiró entrecortadamente, haciendo un esfuerzo sobrehumano por resistirse a su marido. Pero el calor de su cuerpo, el olor familiar de su colonia mezclada con el de la oficina, y esos ojos azules que la devoraban, terminaron por romper todas sus defensas.
Ian no esperó más.
Con un movimiento suave pero decidido, la levantó en brazos y la sentó con cuidado sobre el escritorio, apartando de un solo brazo los documentos que cayeron al suelo sin que le importara lo más mínimo.
—Ian… —susurró ella, pero su voz ya sonaba débil, rendida.
—Shh, dolcezza —murmuró él contra sus labios antes de besarla con hambre contenida. Sus manos subieron por sus muslos, levantando el vestido ligero que llevaba—. Solo déjame amarte, ¿sí? Te necesito…
Savanna gimió bajito cuando sintió los dedos de Ian deslizarse bajo su ropa interior y ella ya estaba mojada, sensible; cada roce enviaba descargas de placer directo a su centro.
Su embarazo la había vuelto más receptiva, casi hipersensible. Ian lo sabía y lo usaba a su favor.
Él se arrodilló frente a ella con reverencia, separándole las piernas con cuidado. Besó el interior de sus muslos, de forma lenta, subiendo poco a poco mientras sus manos acariciaban los costados de su vientre redondo.
—Mi moglie… mia bellissima moglie —susurró contra su piel—. Mírate. Tan llena de mí, tan perfecta. Me vuelves loco cada día, ¿sabes?
Savanna se apoyó hacia atrás sobre sus codos y echó la cabeza hacia atrás, permitiéndose sentir. Más cuando la boca de Ian finalmente llegó a su sexo, soltó un gemido sin control. Él la besó allí primero, suave, casi adorándola, antes de pasar la lengua en una larga caricia que la hizo temblar entera.
—Ian… Dios… —jadeó ella.
Él no respondió con palabras.
En cambio, hundió la lengua más profundo, lamiendo con devoción, saboreándola como si fuera el mejor manjar del mundo. Sus labios se cerraron alrededor de su clítoris hinchado y succionaron con suavidad, luego con más presión, alternando ritmos que la volvían loca.
Savanna apretó los bordes del escritorio con fuerza; sus caderas se movían instintivamente contra la boca de su marido, buscando más, mientras el placer subía en olas calientes, intensas, concentrándose en su bajo vientre.
Sentía cada lamida, cada succión, cada vez que Ian gemía contra ella, vibrando con fuerza en su carne sensible.


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