C14-¿ESTÁS SEGURO DE QUE QUIERES ARRIESGARTE POR ESA MUJER?
Esa noche, el auto atravesaba las calles de Nueva York en silencio. Las luces de la ciudad se reflejaban en las ventanas tintadas, creando patrones que bailaban sobre el rostro de Savanna.
Ella miraba por la ventana, su reflejo mostrando lo que intentaba ocultar. Las lágrimas rodaban por sus mejillas sin permiso, una tras otra, silenciosas. Se las limpiaba con el dorso de la mano, pero seguían cayendo.
Y por eso, Ian conducía con las manos apretadas al volante. Los nudillos estaban blancos, las venas marcadas. Su mandíbula se tensaba cada vez que escuchaba un sollozo ahogado de Savanna.
Por fuera parecía tallado en piedra. Pero por dentro, algo oscuro y violento rugía pidiendo sangre.
«Nadie la hace llorar así. Nadie.»
Cada lágrima de Savanna era un nombre en su lista y Arthur Hayes encabezaba esa lista, pero Gerald Thornton acababa de ganarse el segundo lugar.
Quería detener el auto.
Quería girar y destrozar a cada hijo de puta que la había puesto en esa situación.
Pero sabía que su fuerza física no arreglaba problemas de juntas directivas.
Todavía.
Finalmente llegaron al edificio. Ian apagó el motor pero ninguno se movió. Savanna seguía mirando por la ventana, sus hombros temblando ligeramente.
—Savanna...
—Estoy bien —mintió ella—. Solo... necesito dormir.
Subieron en el ascensor en silencio, al entrar Savanna se quitó los tacones, dejándolos caer al suelo con un golpe sordo y ahora se veía pequeña, vulnerable y rota.
Eso solo sirvió para aumentar la ira de Ian.
Tenía trabajo que hacer y ese trabajo no podía esperar.
—Saldré —anunció—. No me esperes.
Savanna se giró, sorprendida.
—¿Saldrás? ¿A dónde? Es medianoche, yo... pensé que después de lo de hoy...
Ian se obligó a mantener la expresión fría, a no mostrar nada de lo que hervía bajo su piel.
—Firmaste un contrato, Savanna. No preguntas, no interferencias. Yo manejo mi tiempo y tú te mantienes al margen.
Las palabras salieron más duras de lo que pretendía. Y vio cómo ella retrocedía como si la hubiera golpeado, al mismo tiempo que sus ojos lo miraron con algo parecido a la traición.
—Sí... perdón. Tienes razón. Es solo un contrato.
Se dio la vuelta y caminó hacia su habitación, Ian la vio irse y cada fibra de su ser le gritaba que la siguiera, que la abrazara, que le dijera que todo estaría bien.
Pero no podía.
Se dio la vuelta y salió.
Tres calles más adelante, una SUV negra con cristales blindados esperaba en un callejón oscuro. Ian abrió la puerta del copiloto y subió.
Al volante estaba Braxton, un hombre de veintisiete años con cabello castaño despeinado y una sonrisa cínica que nunca parecía abandonar su rostro. Sus dedos tamborileaban sobre el volante al ritmo de una canción que solo él escuchaba.
—Vaya, el "maridito de alquiler" tiene permiso de salida —dijo con sarcasmo—. En serio, jefe, odio Nueva York. El tráfico es una m****a y el café sabe a asfalto. ¿No podíamos vengarnos en una isla del Caribe?
Ian se quitó la corbata, aflojando el primer botón de su camisa.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!