C144 - EL HOMBRE MÁS RAPIDO DE NUEVA YORK
Habían pasado varias horas desde el caos, el dolor y la adrenalina del parto, y ahora, el silencio en la habitación era casi reverencial. Ivanna dormía plácidamente en su cunita transparente, una pequeña figura envuelta en mantas blancas. Su piel, aún con ese tono sonrosado tan propio de los recién nacidos, resaltaba bajo el mechón de cabello oscuro, fino y húmedo, que se adhería a su frente.
Ian estaba sentado a un lado, con los pies estirados y una expresión de alivio que le suavizaba las facciones. Consultaba su teléfono móvil mientras soltaba una carcajada contenida.
—No lo vas a creer, dolcezza —dijo, mostrando la pantalla hacia Savanna—. Los periódicos ya tienen mi foto corriendo por el puente de Queensboro. Parece que mi carrera desesperada contra el tráfico va a ser la portada de la sección de deportes y política mañana. "El hombre más rápido de Nueva York: un padre en fuga". Creo que voy a pedir derechos de autor por el despliegue publicitario.
Savanna esbozó una sonrisa lenta, sintiendo cómo el cansancio se disipaba al verlo bromear. Extendió la mano sobre la sábana, alcanzando la de Ian, él la atrapó al vuelo y la besó con una ternura que la hizo estremecerse.
—Gracias por venir —susurró ella, con los ojos húmedos.
—¿Gracias? ¿Por qué? —Ian arqueó una ceja, acercándose más—. No me hubiera perdido esto por nada del mundo, Savanna. Ni por un imperio.
Ella lo miró fijamente, sintiendo cómo su amor por él se expandía, volviéndose sólido, inquebrantable y cada vez se convencía más de que tenía al marido perfecto.
A pocos metros, Jodie observaba la escena desde una esquina, con los brazos cruzados sobre su vientre aún plano, de repente sus ojos se desviaron hacia la cuna de Ivanna y sintió un pinchazo agudo en el pecho, una punzada que mezclaba la culpa con una duda que la devoraba por dentro.
El resultado del ADN era un fantasma que no dejaba de perseguirla.
Savanna, que no perdía detalle de su amiga, notó la sombra en sus ojos y, con un movimiento suave, le hizo una seña.
—Jodie, puedes cargarla.
Su amiga dio un paso atrás, negando con la cabeza.
—No, no... es tan pequeña... y yo...
—¿Y qué? —intervino Savanna con suavidad—. La tía Jodie puede hacerlo. Quizás así practicas para cuando tengas el tuyo.
La frase cayó como un martillo.
Jodie tragó saliva con dificultad, sintiendo que el aire le faltaba, sus manos temblaron al costado de su cuerpo. Ian, captando la tensión, se puso de pie y se colocó a su lado, dándole una palmada alentadora en el hombro.
—Serás una mamá genial, Jodie —dijo sincero—. Y Brax... bueno, Brax va a ser el tipo de padre que le enseñará a ocultar sus travesuras para que su madre no los regañe. Será un desastre con buen corazón.
Jodie lo miró, y sus ojos se llenaron de lágrimas. La mezcla de gratitud y dolor le impidió articular palabra, así que solo logró susurrar un "gracias" casi inaudible.
—Jodie, nos tienes, ¿lo sabes? —agregó Savanna desde la cama—. Somos tus amigos y te apoyamos, sin importar qué.
Braxton, que había permanecido en silencio observando a su pareja, dio un paso adelante y la rodeó con sus brazos, atrayéndola contra su pecho.
—No llores, nena —murmuró él, besando su sien.

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