C148: La salida de Arthur
Dos días después, Ian estaba en su oficina.
El piso 52 de Moretti Corporation era un templo de poder, detrás de su escritorio, con las manos juntas Ian miraba al hombre frente a él.
Arthur Hayes.
La tensión era palpable.
Arthur lo miró, con esa arrogancia que nunca perdía.
—Debo admitir, Moretti, que supiste jugar muy bien tus cartas. Escondiendo quién eras, haciéndote pasar por un don nadie. Fue... brillante.
Ian no reaccionó, cuando habló, su voz fue fría y controlada.
—No lo cité aquí para hablar de lo que hago o no hago. Te llamé para hablar de tu salida total y definitiva de Hayes Industries.
—¿Mi salida? ¿Y quién te crees que eres para ordenármelo?
Ian se inclinó hacia adelante, juntando las manos sobre el escritorio.
—Tengo un dossier. Con cada transacción fraudulenta que has hecho en los últimos años. Contratos inflados con proveedores ficticios que te devolvían el dinero en efectivo, sobornos a miembros de la junta para que votaran a tu favor. Y mi favorito: la venta de activos de la empresa a precios ridículos a compañías que tú mismo controlas bajo otros nombres.
La sonrisa de Arthur se congeló, Ian continuó disfrutando cada palabra.
—Tengo facturas. Testigos dispuestos a declarar. Y lo mejor de todo: tengo acceso a tus cuentas bancarias. Sé exactamente cuánto has robado, hasta el último centavo.
Ian se recostó en su silla relajado.
—Así que esto es lo que va a pasar. Vas a renunciar en Hayes Industries, vas a transferir todas tus acciones a Savanna y vas a firmar un documento legal donde renuncias a cualquier derecho sobre la empresa. Y vas a hacerlo hoy, aquí mismo.
Arthur se puso de pie de golpe.
—¡Eres un maldito...!
—Si eso piensas —señaló la silla—. Siéntate.
Arthur lo fulminó con la mirada, pero algo en los ojos de Ian lo hizo dudar y se sentó.
Ian continuó, con la misma calma.
—Si no aceptas, voy a enviar este dossier al FBI. A la SEC. A cada medio de comunicación en Nueva York. Y vas a pasar el resto de tu vida en una celda federal. Donde los hombres como tú no duran mucho.
Arthur apretó los puños.
—No puedes hacerme esto.
—Puedo, créeme.
Hubo un silencio, Arthur respiraba con dificultad, su rostro estaba rojo y sus manos temblaban.
—Me niego.
Ian hizo un chasquido de lengua, como si estuviera decepcionado.
—Qué lástima.
Levantó el teléfono de su escritorio.
—¿Qué estás haciendo?
Ian no respondió, esperó un tono, dos…
—¿Señor Moretti?


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!