C17: Asegurándome de que nadie vuelva a hacerte llorar.
—¿Dónde estuviste? Y por tu bien, más te vale que no haya sido con una mujer.
Ian se congeló, su cerebro se detuvo por completo.
No podía decirle que había pasado parte de la noche trabajando con Braxton en la búsqueda del primero de los CEO's. No podía decirle a su esposa que estaba comenzando su venganza y que había estado en un club amenazando a Gerald Thornton con fotos comprometedoras.
Pero tampoco quería que ella pensara mal de él.
No entendía por qué, pero no lo quería.
Entonces Savanna se puso de pie y el camisón de seda roja cayó sobre su cuerpo, marcando cada curva. Sus pechos redondos se presionaban contra la tela y fue imposible para Ian no llevar la mirada allí.
Savanna se detuvo cerca de él, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo y lo miró directo a los ojos.
—Acepté no meterme en tus asuntos. —Su voz era fría. Pero había algo más debajo. Algo que hacía que sus manos temblaran ligeramente—. Pero eso no incluía un par de cuernos.
Ian la miraba sin poder apartar los ojos. Sus ojos preciosos brillaban con rabia y algo más oscuro. Sus labios estaban apretados, rosados, tentadores. Toda ella le parecía más hermosa que nunca y sin darse cuenta, se encontró formando una pequeña sonrisa.
—¿Te ríes? ¿Te parezco graciosa? Porque no veo qué tiene de gracioso que mi esposo desaparezca toda la noche y vuelva oliendo a discoteca y whisky.
Se dio la vuelta para irse, pero Ian la agarró de la cintura y la pegó a él en un movimiento rápido.
Savanna jadeó y por inercia una mano se posó sobre el pecho de él, sintiendo cómo su corazón latía bajo su palma.
—No estuve con ninguna mujer, Savanna. —La voz de Ian era baja, suave y peligrosa para su cordura.
Por eso las mariposas que aparecían cuando él estaba cerca, saltaron en el estómago de Savanna y al escuchar su explicación se sintió aliviada.
Tragó saliva.
—¿Dónde estabas, entonces?
Ian no respondió. Pero su mano libre se alzó, apartando el cabello de su rostro con dedos suaves y luego su palma se posó en su cuello. Savanna sintió un escalofrío recorrer su columna.
Pero no era repulsión. Era excitación pura.
Ian acarició su piel, sus dedos trazando líneas de fuego sobre su pulso acelerado y luego acunó su cara y dejó que su pulgar rozara su mejilla.
—Estuve arreglando cosas —murmuró—. Asegurándome de que nadie vuelva a hacerte llorar.
Bajó sus labios hacia los de ella. Lento. Tan lento que Savanna podía sentir cada segundo estirándose como goma elástica.
Su aliento rozó sus labios. Cálido y tentador.
Y Savanna cerró los ojos, su cuerpo inclinándose hacia él sin permiso. Su mano en su pecho se cerró, agarrando su camisa.
Ian estaba a milímetros. Un milímetro más y...
De repente el teléfono de Savanna sonó y el sonido cortó el aire como un cuchillo, ambos se congelaron.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ADICTO A SU ESPOSA: El hombre que salvé es un CEO poderoso!